La vena satírica de Juan Ramón es proverbial. Si las hebras de seda con que formaba sus líricos capullos estaban destinadas a honrar las artes de la tipografía, sus agudos, punzantes y empozoñados epigramas hallaban difusión por vía oral. Acaso pasaba horas y horas urdiendo una frase; pero una vez elaborada, el fruto de su buido ingenio era alfiler con el que podía dejar clavado a uno cruelmente. Sus frases mordaces corrían y eran celebradas por todos. No recogeré las muchas que circularon de boca en boca por aquel entonces para poner en la picota a diferentes personas, entre ellas, desde luego, sus indispensables y hospitalarios doctores. Sé que de mí mismo decía atrocidades que nadie me iba a repetir; pero sí llegó a mis oídos un dicho gracioso, del que por ser más bien inofensivo tuve noticia: “Ayala –afirmaba pretendiendo conocerme desde la infancia–, Ayala aprendió a leer en mi casa; a escribir no, porque nunca ha sabido”.
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FRANCISCO AYALA, Recuerdos y olvidos (1906-2006), Alianza Editorial, Madrid, 2006, pág. 424