Jiménez sobre Neruda

Siempre tuve a Pablo Neruda por un gran poeta, un gran mal poeta, un gran poeta de la desorganización; el poeta dotado que no acaba de comprender ni emplear sus dotes naturales. Neruda me parece un torpe traductor de sí mismo y de los otros, un pobre explotador de sus filones propios y ajenos, que a veces confunde el orijinal con la traducción; que no supiera completamente su idioma ni el idioma de que traduce. Por eso cuanto escribe, bueno y malo, tiene una evidente aparición sucesiva con las fallas de lo ignorado.

Tiene Neruda mina explotada y por explotar; tiene rara intuición, busca estraña, hallazgo fatal, lo nativo del poeta; no tiene acento propio ni crítica llena. Posee un depósito de cuanto ha ido encontrando por su mundo, algo así como un vertedero, estercolero a ratos, donde hubiera ido a parar entre lo sobrante, el desperdicio, el detrito, tal piedra, cuál flor, un metal en buen estado aun y todavía bellos. Encuentra la rosa, el diamante, el oro, pero no la palabra representativa y transmutadora; no suple el sujeto o el objeto con su palabra; traslada objeto y sujeto, no sustancia ni esencia. Sujeto y objeto están allí y no están, porque no están entendidos. Es acaso un rebuscador que encontrase aquí y allá, por su camino, un pedazo de carbón, un vidrio, una suela de zapatos, un ojo perdido, una colilla, etc., y los fuera uniendo y pegando sin ton ni son sobre el tablero de su taller (dejándose olvidado también entre ello el útil ajeno, un lápiz, una tijera de sastre, una goma, un pedazo de periódico, un jaboncillo, que allí no sirven de nada; todo eso que Picasso sabe trasmutar).

No tiene calidad Neruda porque no es estático ni dinámico, sino solo estanco. ¿Y cómo un escritor estancado podrá ser nunca guía de una patria, expresión de una tierra, representación de un continente, un continente, además, bastante nuevo?

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JUAN RAMÓN JIMÉNEZ, recogido por Edmundo Olivares Briones en Pablo Neruda: Los caminos de América. Tras las huellas del poeta itinerante III (1940-1950), Lom ediciones, Santiago de Chile, 2004, pág. 240