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Capote sobre Updike

Odio a Updike. Me aburre todo lo que tenga que ver con él. Es como una porción de mercurio: póngase una gota en la mano y trate de aferrarla. Se deslizará a un lado y a otro y no podrá cogerla, no sabrá qué hacer mientras corre por sus dedos. En cualquier caso, es muy amanerado. Hay una cosa que se llama estilo, y luego está el estilista. Yo me considero un estilista. Updike no lo es, porque tiene un estilo afectado que ni siquiera le pertenece. Sencillamente, siempre lo retuerce todo en cierto modo. Se nota lo artificial que resulta el vocabulario, se vuelve uno tan consciente de ello, se ve con tanta claridad en su manera de construir el relato que se pierde absolutamente el contacto con la narración por el efecto que produce el retorcimiento de la frase, la falta de naturalidad en la rima y el ritmo de ese "estilo" afectado que, en mi opinión, despoja a su obra de toda fuerza narrativa. Y así ha sido desde que por primera vez leyera su libro The Poorhouse Fair. En el momento en que lo leí, comprendí lo que pasaba, lo que andaba mal en su manera de escribir, y nunca me he apartado lo más mínimo de esa opinión. No ha hecho más que fortalecerse y hacerse más sólida cada vez.

TRUMAN CAPOTE, entrevistado por Lawrence Grobel y recogido en Conversaciones íntimas con Truman Capote, Anagrama, Barcelona, pág. 138 y 139, traducción de Benito Gómez Ibáñez.

Capote sobre Auden

 LAWRENCE GROBEL: Una vez llamó usted dictador hijoputa a W. H. Auden.

TRUMAN CAPOTE: Era un dictador hijoputa. Un tirano.


LG.: ¿Le conoció bien?

TC.: Le conocí muy bien a partir de 1948. Pero una vez tuve una casa en una isla italiana donde él vivía. Llegué a tenerle mucha antipatía.


LG.: ¿Por qué?

TC.: Tenía una manera de ser tremendamente grosera y estúpida. Y estaba con aquel horrible amigo suyo. ¿Cómo se llamaba? De todos modos, Tennessee [Willliams] vino a mi casa de Italia a estar conmigo y Auden y ese amigo suyo se apartaban kilómetros de su camino para pasar junto a él en una playa diminuta e insultarle. Porque sentían envidia de su éxito. En ese sentido, Auden era una persona muy mezquina.


LG.: ¿Qué le parece su poesía?

TC.: Nunca ha significado nada para mí.


LAWRENCE GROBEL, Conversaciones íntimas con Truman Capote, Anagrama, Barcelona, 2006, pág. 140, traducción de Benito Gómez Ibáñez.

Capote sobre Golding

Que le dieran el Premio Nobel a William Golding siempre me pareció uno de los chistes del siglo. Cuando uno piensa en la gente que no lo recibió -E. M. Forster, Proust, Isak Dinesen, que ansiaban tanto ese premio- y esanulidad... Pero durante los últimos años han dado ese premio a auténticos bodrios. A mí, El señor de las moscas me pareció uno de los grandes plagios de nuestro tiempo. Es un plagio absoluto de A High Wind in Jamaica. Golding plagió literalmente todo el tema, la trama y practicamente todos los personajes de A High Wind in Jamaica, a los que convirtió nen una pandilla de niños y lo situó en una isla. Por lo demás es exactamente la misma novela. Luego escribió unas siete novelas, todas las cuales intenté leer en su época. Quiero decir que no era alguien a quien prestara atención. No pude terminarlas. Me dejó completamente atónito lo aburrido que era. Si se es un ladrón literario, ¿por qué no hacerlo bien? Y luego, eso de que de repente gane el Premio Nobel es una burla tremenda. TRUMAN CAPOTE, entrevistado por Lawrence Grobel y recogido en Conversaciones íntimas con Truman Capote, Anagrama, Barcelona, pág. 135, traducción de Benito Gómez Ibáñez

Capote sobre Vidal

LAWRENCE GROBEL: ¿De modo que si usted estuviese en una fiesta y apareciese Gore, ¿se marcharía? TRUMAN CAPOTE: No. No presto atención alguna a Gore. Para mí no significa absolutamente nada. En realidad, ni siquiera estoy enfadado con él por todo este asunto. Para mí es algo de locos, simplemente. L.G.: ¿Le gustaría zanjar la enemistad? T.C.: Yo nunca la he alimentado. Jamás he hecho nada para removerla. Yo soy completamente inocente en todo este asunto. Es Gore. Está obsesionado conmigo. Por poco que me importe el psicoanálisis, creo que debería ir al psicoanalista para averiguar lo que le está molestando tanto. L.G.: ¿Cree que podría sentir cierta envidia de su trabajo? T.C.: Claro que siente envidia. Gore nunca ha escrito nada que la gente vaya a recordar..., dentro de cincuenta años, dentro de diez, nadie recordará su última edición en libro de bolsillo. Mire, Gore nunca ha escrito una verdadera obra maestra. Y hasta J. D. Salinger ha escrito una especie de obra maestra. Flannery O'Connor escribió un par de obras maestras. Hemingway, también. Y Faulkner. Y Scott Fitzgerald. Mailer, no. Podríamos seguir y seguir, pero él no ha hecho lo único fundamental: escribir un libro inolvidable o que significase un giro decisivo en su vida o en la de cualquier otro. Sin eso, por mucho que escriba o haga lo que haga, será como Joseph Hegesheimer. ¿Recuerda usted a Joseph Hegesheimer? Hace cincuenta años Joseph Hegesheimer era cinco mil veces más famoso de lo que Gore Vidal haya soñado ser, y hoy, en este preciso momento, nadie sabe siquiera quién fue Joseph Hegesheimer. Lo único que puedo decir sobre él es que escribió un libro titulado Three Pennies. Three Black Pennies. L.G.: Entonces, ¿Gore Vidal ocupa un puesto destacado en su lista de aversiones? T.C.: No, no, no se lo merece. LAWRENCE GROBEL, Conversaciones íntimas con Truman Capote, Anagrama, Barcelona, 2006, págs. 169 y 170, traducción de Benito Gómez Ibáñez.

Capote sobre Borges, Bellow y Camus

LAWRENCE GROBEL: ¿Le gusta Borges?
TRUMAN CAPOTE: Es un escritor de segunda categoría. Es muy buen escritor, me gusta, pero es de menor importancia.

L: G.: ¿Le alegró que García Márquez recibiera el Premio Nobel?
T.C.: Para mí, el Premio Nobel es una burla. Año tras año se lo conceden a un autor prácticamente inexistente. Es decir, los autores norteamericanos que lo han recibido son increíbles. Sinclair Lewis, Pearl Buck. Está bien que se lo dieran a Hemingway. Está bien que se lo dieran a Faulkner. Pero, ¿a Saul Bellow? Y no sólo los norteamericanos. Todos los elegidos son, por lo general, muy pobres. Fue ridículo dar el Premio Nobel a Camus. ¿Por qué se lo dieron? ¿El extranjero? ¿Un par de libros de ensayo? Yo le tenía mucho afecto a Camus, no podía gustarme más, pero si alguna vez hubo un autor de segunda fila ése era Camus.

LAWRENCE GROBEL, Conversaciones íntimas con Truman Capote, Anagrama, Barcelona, 2006, La pág. 134, traducción de Benito Gómez Ibáñez.

Gore Vidal sobre Truman Capote y viceversa

Estaba cantado que llegarían a chocar, y así sucedió, probablemente a comienzos de 1948, en el apartamento de Tennessee Williams. “Empezaron a criticarse mutuamente su trabajo”, diría Williams. “Gore dijo que Truman sacaba todos sus argumentos de Carson McCullers y de Eudora Welty. Y Truman repuso: “Pues puede que tú saques los tuyos del Daily News.” Y así empezó un enfrentamiento que nunca lograron superar. Truman no recordaba cómo iniciaron la discusión, pero sí que “fue muy, muy desagradable, fuese lo que fuera, y desde entonces Gore y yo no volvimos a ser amigos. Tennessee se limitó a sentarse de nuevo con una risa sofocada”.

Desde entonces, Truman y Gore mantuvieron un guerra declarada, y sus mutuos amigos no tardaron en entretenerse comentando los últimos partes de guerra. Cuando uno de ellos era elogiado por haber logrado tanto en tan poco tiempo, el otro (cuya identidad varía según quién cuente la historia) explotaba furioso: “Tendrá veintidós pero es como si tuviera un día” (un comentario que se hizo famoso por lo bobo). “La primera vez que vi a Gore le comenté el gran talento que tenía Truman”, contaba Glenwy Wescott, un escritor ya mayor que pretendía ser neutral. “¿Cómo puede decir que tiene talento alguien que a los veintitrés años sólo ha escrito un libro? Yo he escrito tres y sólo tengo veintidós.” E igualmente furioso se ponía Truman cuando oía citar el nombre de Gore. Pataleaba como Rumpelstilskin. “¡No tiene talento!”, exclamaba. “¡Nada, nada, nada!”.

Por más que la fomentase (“¿Has oído lo que ha hecho Gore ahora?”, le diría indignado a Phoebe Pierce), su enemistad tenía más de juego que de verdadera guerra para Truman, y para quienes conocían a ambos parecía claro que Truman se preocupaba menos de Gore que éste de él. Salvo para Gore, la razón era obvia para todo el mundo: Truman había vencido: el título de joven prodigio vigente en el mundo literario era suyo. Pese a su juventud era un escritor maduro con una voz peculiar y segura. Gore, a pesar de ser prolífico, aún estaba porfiando por lograr tanto un estilo como un tema y eran pocos los que se tomaban su obra realmente en serio. En privado, T. Williams lamentaba que la tercera novela de Gore The City and the Pillar, que alcanzó una cierta notoriedad por tratar el tema de la homosexualidad, no tuviera “ni una sola línea notable”, y Anaïs Nin, a quien Gore se sentía muy ligado, consideraba que su obra no tenía vida. “Hay acción, pero no hay sentimiento”, escribió ella en su diario. Los relatos de Truman, en cambio, la “hechizaron” y decía admirar “su capacidad de ensoñación, la sutileza de su estilo, su imaginación. Y, por encima de todo, su sensibilidad”.

Estas impresiones, que resonaban por dondequiera que fuese, conseguían que Gore se sintiera amargamente zaherido y no podía digerir la imagen de aquella menuda figura, puesta en un pedestal que consideraba suyo por propio derecho.

Durante su viaje a Europa con Tennessee en 1948 se pasó casi todo el tiempo hablando de Truman. “Está envenenado por ese horroroso espíritu competitivo y parece estar continuamente agobiado por los éxitos o los logros de otros escritores como Truman Capote”, le escribió Tennessee a un amigo. “Está sin duda obsesionado con el pobrecito Truman Capote. Es como si fuera desesperadamente en pos de un premio fabuloso.”


GERALD CLARKE, Truman Capote, Ediciones B, 2006, Barcelona, traducción de Víctor Pozanco, págs. 152 y 153. 
 

Capote sobre Frost


PREGUNTA: Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «Un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
TRUMAN CAPOTE: Dios me libre de tan degradante encargo. Pero si así fuera…, mmm, veamos. Robert Frost, el laureado poeta americano, sería un personaje bastante memorable. Un auténtico cabrón, como ha habido pocos. Le conocí cuando yo tenía dieciocho años; al parecer no me consideró un adorador lo bastante humilde del altar de su ego. De cualquier modo, le envió una carta difamatoria a Harold Ross, el difunto director del New Yorker, donde entonces yo trabajaba, e hizo que me despidieran del primer y último trabajo con horario fijo que he tenido. Quizá me hizo un favor, pues entonces me puse a escribir mi primer libro, Otras voces, otros ámbitos.


TRUMAN CAPOTE, fragmento de Autorretrato (1972), incluido en Los perros ladran, Anagrama, Barcelona, 1999, traducción de Damián Alou.