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Russell sobre Nietzsche


Nietzsche no se cansa nunca de menospreciar a las mujeres. En su obra seudo-profética "Así hablaba Zaratustra", dice que las mujeres no son, todavía, capaces de amistad; son aún gatos, o pájaros o, a lo más, vacas. «Los hombres deben ser adiestrados para la guerra y las mujeres para el recreo de los guerreros. Toda otra cosa es tontería». El recreo del guerrero ha de ser de una forma peculiar si hemos de confiarnos en su enfático aforismo sobre este particular: «¿Vas con una mujer? No olvides el látigo». 

No siempre es tan feroz, aunque siempre es igualmente desdeñoso. En "La voluntad de Poder" dice: «Nos complacemos en la mujer como quizá la más exquisita, delicada y etérea clase de criatura. ¡Qué gusto es encontrar criaturas que sólo tienen en la cabeza bailes, tonterías y finuras! Ellas han sido siempre la delicia de toda alma varonil tensa y profunda». Sin embargo, incluso estas gracias sólo se encuentran en las mujeres mientras son mantenidas en orden por hombres varoniles; tan pronto logran alguna independencia se vuelven intolerables. «La mujer tiene muchos motivos para avergonzarse; en la mujer hay mucha pedantería, superficialidad, suficiencia, presunciones ridículas, licencia, e indiscreción oculta… que hasta aquí ha sido en realidad mejor refrenada y dominada por el miedo al hombre». Así habla en "Más allá del bien y del mal", donde añade que debíamos considerar a las mujeres como una propiedad, como los orientales. Todo su juicio sobre las mujeres es ofrecido como una verdad axiomática; no está respaldado por pruebas históricas o por su propia experiencia, que, en lo que respecta a las mujeres, casi se redujo a su hermana.

[...] Su opinión de las mujeres, como la de todos los hombres, es una objetivación de su propia emoción respecto a ellas, que es claramente una sensación de temor. «No olvides tu látigo», pero de cada diez mujeres, nueve le hubieran arrebatado el látigo, y él lo sabía, por lo que se apartaba de ellas, curando su vanidad herida con observaciones desagradables. 


BERTRAND RUSSELL, Historia de la filosofía occidental, RBA, 2005, traducción de Julio Gómez de la Serna & Antonio Dorta.

Nietzsche sobre Nietzsche


"El origen de la tragedia" me parece hoy, lo diré una vez más, un libro imposible; lo considero mal escrito, pesado, molesto, salpicado de imágenes rabiosas y caóticas; sentimental, aquí y allá empalagoso hasta el afeminamiento; irregular en el tempo; privado de toda voluntad por lograr claridad lógica; muy convencido, y, por esta razón, eximido de aportar demostraciones, por no decir receloso ante la conveniencia de demostrar algo, como si fuera un libro escrito para iniciados.


FRIEDRICH NIETZSCHE, prólogo a El nacimiento de la tragedia, Gredos, Madrid, 2010, traducción de Germán Cano, pág. 7.

Safranski sobre Nietzsche


Por lo que se refiere a este Romanticismo de la vida dionisiaca que culmina en Nietzsche, el reproche puede formularse así: este filósofo denigró el espíritu hasta convertirlo en una mera función de la vida, y redujo el conocimiento a ciertas verdades que son sólo ficciones útiles para la vida. Ahora bien, en cuanto desaparece la verdad, se rompen los fundamentos de la moral social. Queda la lógica salvaje de la autoafirmación y el ideal de la desinhibida autorrealización de la vida fuerte a expensas de la débil. Por tanto, este tipo de vitalismo creó un presupuesto intelectual para una moral sin escrúpulos que terminó dando vía libre a la liquidación de la vida que no merece vivir, tal como se llegará a afirmar.

De hecho, en los escritos tardíos de Nietzsche se encuentran ideas que sugieren algo semejante. Por ejemplo, cuando al final de Ecce homo comprime todas sus objeciones contra la moral cristiana en el reproche de que el cristianismo estableció como valor supremo la «despersonalización y el amor al prójimo», y con ello creó la «moral de decadencia por excelencia» para la historia de la especie. Frente a este «partido de todo lo débil, enfermo y malogrado», tiene que entrar finalmente en escena un «partido de la vida», que «tome en sus manos la más grande de todas las tareas, la de un cultivo superior de la humanidad, con la inclusión de una liquidación despiadada de todos los degenerados y parásitos». 

Es significativo que tales manifestaciones de Nietzsche se encuentren allí donde el punto de vista estético del incremento de la vida individual, que en general predomina, es sustituido por una perspectiva biológica; o sea, allí donde él ya no da continuidad a una tradición romántica, sino que cae bajo el influjo del biologismo y de un darwinismo social. En Nietzsche llega a su punto álgido la disputa entre el Romanticismo y el biologismo de su época, que nada tiene de romántico. Y esta atmósfera de pensamiento, el de las ciencias naturales vulgarizadas, es el medio donde se incuban los monstruos del racismo, el cultivo de la raza pura de los germanos, la liquidación de la vida que no merece vivir y un antisemitismo asesino, que ve a los judíos como bacilos y exige su asesinato como medida sanitaria.


RÜDIGER SAFRANSKI, Romanticismo: Una odisea del espíritu alemán, Tusquets Editores, Barcelona, 2012, traducción de Raúl Gabás, págs. 322 y 323.

Nietzsche sobre Platón


Respecto a Platón soy un escéptico radical, y nunca he podido compartir con los eruditos su tradicional admiración por Platón como artista. En último término, están de parte mía en esta apreciación los más refinados jueces del juicio estético que existieron en el propio mundo antiguo. A mi forma de ver, Platón mezcla todas las formas del estilo; tiene sobre su conciencia una falta semejante a la de los cínicos que idearon la sátira menipea. Para que los diálogos de Platón, esa especie de dialéctica horriblemente satisfecha de sí misma y pueril, puedan ejercer un atractivo, es preciso no haber leído nunca a los buenos autores franceses (a Fontenelle, por ejemplo).

Platón es aburrido. En último término, mi desconfianza hacia Platón llega hasta el fondo: le encuentro tan alejado de todos los instintos fundamentales de los helenos, tan moralizado, tan cristiano anticipado -él eleva ya la idea de "bien" a la categoría suprema-, que para referirse al fenómeno total de Platón preferiría, más que ninguna otra, usar la dura expresión de "farsa suprema", o, si suena mejor, de idealismo. Se pagó caro el que ese ateniense frecuentara la escuela de los egipcios (o quizá de los judíos residentes en Egipto). Dentro de la gran fatalidad que supuso el cristianismo, Platón fue ese equívoco y esa fascinación llamada "ideal", que hizo posible que los individuos más nobles de la antigüedad se interpretaran mal a sí mismos y que pusieran el pie en el puente que conducía hacia la cruz. ¡Y cuánto sigue habiendo de Platón en la idea de "Iglesia", al igual que en su organización, en su sistema y en sus prácticas!


FRIEDRICH NIETZSCHE, El ocaso de los ídolos, Edimat, 1999, traducción de Francisco Javier Carretero Moreno, págs. 152 y 153.

Nietzsche sobre Sand


He leído las primeras lettres d'un voyageur [Cartas de un viajero]: como todo lo que desciende de Rousseau, falsas, afectadas, un fuelle, exageradas. Yo no soporto ese multicolor estilo de papel pintado; tampoco la ambición plebeya de tener sentimientos generosos. Lo peor, ciertamente, continúa siendo la coquetería femenina expresada con unos modales masculinos, con unos modales de jóvenes ineducados. — ¡Qué fría tiene que haber sido, con todo, esta artista insoportable! Se daba cuerda como un reloj — y escribía... ¡Fría como Hugo, como Balzac, como todos los románticos, en cuanto se ponían a hacer poesía! ¡Y qué complacida de sí misma habrá estado tumbada al hacerlo, esa fecunda vaca de escribir, que tenía en sí algo alemán en el mal sentido de la palabra, lo mismo que también Rousseau, su maestro, y que, en todo caso, sólo fue posible al decaer el gusto francés! — Pero Renan la venera...


FRIEDRICH NIETZSCHE, Crepúsculo de los ídolos, Alianza Editorial, Madrid, 1979, traducción de Andrés Sánchez Pascual, pág. 89.

Canetti sobre Nietzsche


La locuacidad de Nietzsche.

¡Con qué presunción repartió miles de ceros!

[...]

Todo cuanto tienes que decir guarda relación con lo "pequeño". Ese es tu contenido. Tu hostilidad contra lo "grande", contra lo "sano", contra los "nervios", contra "las alturas", en una palabra: contra Nietzsche. 


ELIAS CANETTI, Apuntes 1992-1993, Anaya & Mario Muchnik, Madrid, 1997, traducción de Juan José del Solar, págs. 97 y 126

Beauvoir sobre Montherlant


“Como el burro de las norias árabes, giro y giro, ciegamente y marchando sin cesar sobre mis huellas. Pero no saco agua fresca.” Hay poco que añadir a esta confesión que firmaba Montherlant en 1927. El agua fresca nunca brotó. Quizá Montherlant hubiera debido encender la hoguera de Peregrinus: era la solución más lógica. Prefirió refugiarse en su propio culto. En lugar de entregarse a este mundo que no sabía fertilizar, se contentó con mirarse en él; y ordenó su vida en función del interés de este espejismo visible solo para sus ojos. “Los príncipes se sienten cómodos en cualquier circunstancia, incluso en la derrota”, escribió, y porque se complace en la derrota, se cree rey. Ha aprendido de Nietzsche que “la mujer es el entretenimiento del héroe” y cree que basta con entretenerse con mujeres para ser consagrado héroe. Y el resto por el estilo. Como dice Costals: “En el fondo, ¡menuda risa!”


SIMONE DE BEAUVOIR, El segundo sexo, Vol. I: Los hechos y los mitos, Ediciones Cátedra, Madrid, 2000, traducción de Alicia Martorell