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Claudel sobre varios


El Evangelio de Schopenhauer, Nietzsche, Tolstói, Ibsen, Rousseau, Tertuliano y Agustín es un Evangelio inventado, adulterado, inauténtico, apócrifo.

El Evangelio de Jesucristo, el Evangelio de san Pablo —y aquí M. Mahling cita a Jesucristo y a san Pablo con una abundancia de erudición y una riqueza de información asombrosas—, el Evangelio de Jesucristo es eminentemente Lebensbejahend, afirmador de la vida, soberanamente optimista.

El GOCE, sí, decidlo si queréis, el goce incluso sensual, el goce sexual —no temáis decirlo—, no solo está permitido, sino que es querido por el Evangelio, porque el Evangelio es la naturaleza y la naturaleza es el goce; y esto hoy, no mañana, por favor, en algún futuro nebuloso y nublado del reino de los mil años, sino hoy, ¡SOBRE ESTA TIERRA DE ADÁN Y EVA!

Eso es lo que M. Mahling nos ha recordado, eso era lo que había que recordar, eso es lo que hay que oponer enérgicamente a todas las falsificaciones de la socialdemocracia, que no cesa de vociferar que el Evangelio es una religión de fantasía que solo consuela a las almas de las miserias del presente meciéndolas con sueños del futuro.


PAUL CLAUDEL, fragmento de abril de 1912 incluido en Journal I (1904-1932), Cahier II, Éditions Gallimard, 1968, traducción de ChatGPT + Maricrónica, p. 221.

Mann sobre Nietzsche

Todo el mundo admitirá que es una extralimitación de la soberbia, una extralimitación héctica, que da testimonio de una razón escapada de las manos; el hecho de que Nietzsche diga que Así habló Zaratustra es una hazaña tal que, comparada con ella, todo el resto de las acciones humanas aparece como algo pobre y condicionado; el hecho de que afirme que un Goethe, un Shakespeare, un Dante no habrían sido capaces de respirar ni un solo instante en las alturas de ese libro, y que el espíritu y la bondad, sumados, de todas las almas no serían capaces de producir un discurso de Zaratustra. Desde luego debe ser un gran placer escribir cosas como ésas. Pero a mí no me parece lícito hacerlo. Por lo demás, acaso lo que yo haga sea tan sólo dar testimonio de mis propias limitaciones si voy más allá y confieso que a mí, en general, la relación de Nietzsche con el Así habló Zaratustra me parece una relación de sobreestimación ciega. Merced a su gesticulación bíblica Así habló Zaratustra se ha convertido en el más «popular» de los libros de Nietzsche; pero no es, ni de lejos, el mejor de ellos.

Nietzsche era ante todo un gran crítico y un gran filósofo de la cultura, un prosista y ensayista de talla europea, procedente de la escuela de Schopenhauer, un prosista y ensayista de alto rango, cuyo genio llegó a su vértice en la época en que escribió Más allá del bien y del mal y La genealogía de la moral. Es posible que un poeta sea algo menor que un crítico de esa categoría.

Pero Nietzsche no logró ser ese algo menor. O lo logró sólo en instantes líricos aislados, pero no en una obra extensa originaria y creativa. Ese trasgo, ese hombre volador, carente de rostro y de figura, que es Zaratustra, con la corona de rosas de la risa encima de su cabeza irreconocible, con su frase «¡Haceos duros!» y sus piernas de bailarín, no es una auténtica creación; es retórica, es excitado juego de palabras, es una voz atormentada y una profecía dudosa, es un fantasma de impotente grandezza, a menudo conmovedor, pero casi siempre penoso; es una figura sin figura, en el límite mismo de lo ridículo.

THOMAS MANN, Shopenhauer, Nietzsche, Freud, Alianza Editorial, Madrid, 2010, traducción de Andrés Sánchez Pascual, págs. 98 y 99.

Nietzsche sobre el Nuevo Testamento

A mí no me gusta el Nuevo Testamento, ya se adivina; casi me desasosiega el encontrarme tan solo con mi gusto respecto a esa obra literaria estimadísima, sobreestimadísima (el gusto de dos milenios está contra mí): ¡pero qué remedio queda! «Aquí estoy yo, no puedo hacer otra cosa», –tengo el coraje de mi mal gusto. El Antiguo Testamento –sí, éste es algo completamente distinto: ¡todo mi respeto por el Antiguo Testamento! En él encuentro grandes hombres, un paisaje heroico y algo rarísimo en la tierra, la incomparable ingenuidad del corazón fuerte; más aún, encuentro un pueblo. En cambio, en el Nuevo, nada más que pequeños asuntos de sectas, nada más que rococó del alma, nada más que cosas adornadas con arabescos, angulosas, extrañas, mero aire de conventículo, sin olvidar un ocasional soplo de bucólica dulzura, que pertenece a la época (y a la provincia romana) y que no es tanto judío como helenístico. La humildad y la ampulosidad, estrechamente juntas; una locuacidad del sentimiento que casi ensordece; apasionamiento, pero no pasión; penosa mímica; aquí ha faltado evidentemente toda buena educación. ¡Cómo se puede dar, a los pequeños defectos propios, la importancia que les dan esos piadosos hombrecillos! Nadie se ocupa de aquéllos; y mucho menos Dios. Para terminar, todas estas pequeñas gentes de la provincia quieren tener incluso «la corona de la vida eterna»: ¿para qué?, ¿por qué?, no es posible llevar más lejos la inmodestia. Un Pedro «inmortal», ¡quién lo soportaría! Poseen una ambición que hace reír: esas gentes nos dan mascados sus asuntos más personales, sus necedades, tristezas y preocupaciones de ociosos, como si el en-sí-de-las-cosas estuviera obligado a preocuparse de ello, esas gentes no se cansan de mezclar a Dios incluso en los más pequeños pesares en que ellos están metidos. ¡Y ese permanente tutearse con Dios, de pésimo gusto! ¡Esa judía, y no sólo judía, familiaridad de hocico y de pata con Dios!... Hay en el este de Asia pequeños y despreciados «pueblos paganos» de los que estos primeros cristianos podrían haber aprendido algo esencial, un poco de tacto del respeto; según atestiguan misioneros cristianos, aquellos pueblos no se permiten siquiera pronunciar el nombre de su Dios. 

FRIEDRICH NIETZSCHE, La genealogía de la moral, Alianza Editorial, Madrid, 1980, traducción de Andrés Sánchez Pascual, págs. 167 y 168

Cioran sobre Nietzsche y Voltaire

Lo que se puede reprochar al Nietzsche del final es el exceso jadeante de su escritura, la ausencia de tiempos muertos. (pág. 52) Orgulloso de su "instinto", de su "olfato", Nietzsche sintió la importancia de un Dostoievski, pero cuántos errores cometió en contrapartida, qué admiración por cantidad de autores de segunda y tercera fila. Lo más desconcertante es que también él creyera que detrás de Shakespeare estaba Bacon, el menos poeta de los filósofos. Si hiciésemos una relación de todos sus desatinos advertiríamos que igualan en número y gravedad a los de Voltaire, con un atenuante a su favor: Nietzsche erró con frecuencia por su voluntad de ser o parecer frívolo, mientras que el otro no tuvo ninguna necesidad de hacer el esfuerzo. (pág. 88) EMILE CIORAN, Desgarradura, Tusquets, Barcelona, 2004, traducción de Amelia Gamoneda, 98 pags.

Borges sobre Nietzsche y Blake

Siento gran simpatía por Schopenhauer y por otros muchos escritores, pero en el caso de Nietzsche, siento que hay algo duro en él -y no diré fatuo-, quiero decir que como persona no tiene la menor modestia. Me ocurre lo mismo con Blake. No me gustan los escritores que hacen declaraciones definitivas continuamente. Claro, usted podría decirme que lo que estoy diciendo es también una declaración definitiva. En fin, uno ha de tener cuidado de cómo dice las cosas. JORGE LUIS BORGES, recogido por Esteban Peicovich en Borges, el palabrista, Libertarias/Prodhufi, Madrid, 1995, pág. 117.

Nietzsche sobre Sainte-Beuve

-Nada viril en él; lleno de una rabia pequeña contra todos los espíritus viriles. Vaga de un lado para otro, sutil, curioso, aburrido, sorprendiendo secretos ajenos, -en el fondo una hembra, con un ansia femenina de venganza y una sensualidad de hembra. Como psicólogo, un genio de la médisance[maledicencia]; inagotablemente rico en medios para ello; nadie entiende mejor que él de mezclar veneno en la alabanza. Plebeyo en los instintos más básicos, y emparentado con elressentiment de Rousseau; por consiguiente, un romántico, -pues por debajo de todo romantisme [romanticismo] gruñe y codicia el instinto rousseauniano de venganza. Un revolucionario, pero refrenado por el miedo. Sin libertad frente a todo lo que tiene fortaleza (opinión pública, academia, corte, incluso Port-Royal). Irritado contra todo lo grande que hay en los hombres y en las cosas, contra todo lo que tiene fe en sí mismo. Bastante poeta y semihembra para sentir todavía lo grande como poder; constantemente retorcido, como aquel famoso gusano, porque se siente constantemente pisado. Como crítico, sin criterio, apoyo ni espina dorsal, con la lengua del libertin cosmopolita para hablar de muchas cosas distintas, pero sin el valor de hacer confesión de libertinage. Como historiador, sin filosofía, sin el poder de la mirada filosófica, -por ello, rechazando en los asuntos principales la tarea de juzgar, cubriéndose con la "objetividad" como con una máscara. De modo distinto se comporta con todas aquellas cosas en que la instancia suprema es un gusto sutil, experimentando: aquí tiene realmente el valor de ser él mismo, -aquí él es maestro. -En algunos aspectos, una forma anticipada de Baudelaire.- FRIEDRICH NIETZSCHE, Crepúsculo de los ídolos, Alianza Editorial, Madrid, 1979, pág. 86 y 87. Traducción de Andrés Sánchez Pascual

Sender sobre Nietzsche

 MARCELINO C. PEÑUELAS: Sin embargo, parece que Nietzsche tuvo más influencia que Schopenhauer en los escritores del noventa y ocho.

RAMÓN J. SENDER: La influencia de Nietzsche fue definitiva con los tímidos. Representa la liberación anárquica en la conducta de los escritores. No una influencia de estilo ni una ideología. Nietzsche dijo que el hombre superior tenía derecho a maltratar a todo el mundo, y a algunos escritores como Unamuno, Baroja y Azorín les pareció muy bien.


MARCELINO C. PEÑUELAS: Nietzsche puede resultar peligroso para algunos espíritus sensibles y débiles, por la sensación falsa de fuerza que a veces producen sus escritos.

RAMÓN J. SENDER: Nietzsche era un paranoico. Su escuela producía alucinados y locos. Hitler asoló Europa y luego se pegó un tiro. A Mussolini lo colgaron. Nietzsche mismo murió en un manicomio. Ni siquiera había en él una base literaria racional que se pudiera dignamente considerar. Era un alucinógeno. De modo que yo no tengo nada de nietzscheano. Además, me ha parecido, por lo poco que yo sé de alemán y de algunas traducciones que he leído, un escritor afectado y retórico.


MARCELINO C. PEÑUELAS: Pero tiene cosas muy buenas, a pesar de su retórica. Zaratustra, por ejemplo.

RAMÓN J. SENDER: Los orígenes de la tragedia es lo único bueno, en mi opinión.


RAMÓN J. SENDER, entrevistado por MARCELINO C. PEÑUELAS para Conversaciones con Ramón J. Sender , Magisterio Español, Madrid, 1969, pág. 267 y 268

Cioran sobre Nietzsche

A un estudiante que quería saber qué pensaba del autor de Zaratustra, le dije que había dejado de leerlo desde hacía tiempo. ¿Por qué?, me preguntó. Porque lo encuentro demasiado ingenuo...

Le reprocho sus arrebatos y hasta sus fervores. Demolió ídolos para reemplazarlos por otros. Un falso iconoclasta con visos de adolescente, y no sé qué virginidad, qué inocencia inherentes a su carrera de solitario. Sólo observó a los hombres desde lejos. Si los hubiese visto de cerca, nunca habría podido concebir ni ponderar al superhombre, visión extravagante, sino grotesca, quimera o antojo que sólo podía surgir en la mente de quien no tuvo tiempo de envejecer, de conocer el desasimiento, el largo hastío sereno.

Mucho más cercano encuentro a un Marco Aurelio. No vacilo entre el lirismo del frenesí y la prosa de la aceptación: encuentro mucho más consuelo, e incluso más esperanza, en un emperador fatigado que en un profeta fulgurante.


EMILE CIORAN, Del inconveniente de haber nacido, Taurus, Madrid, 1998, traducción de Esther Seligson.  

Juan de Mairena sobre Séneca

Pero hemos de acudir a nuestro folclore, o saber vivo en el alma del pueblo, más que a nuestra tradición filosófica, que pudiera despistarnos. El hecho, por ejemplo, de que Séneca naciera en Córdoba y aun de que haya influido en nuestra literatura, impregnándola de vulgaridad, no ha de servirnos de mucho. Séneca era un retórico de mala sombra, a la romana; un retórico sin sofística, un pelmazo que no pasó de mediano moralista y trágico de segunda mano. Toreador de la virtud le llamó Nietzsche, un teutón que no debía saber mucho de toreo.


ANTONIO MACHADO, Juan de Mairena, Bibliotex, 2001, págs. 153 y 154.

Russell sobre Nietzsche


Nietzsche no se cansa nunca de menospreciar a las mujeres. En su obra seudo-profética "Así hablaba Zaratustra", dice que las mujeres no son, todavía, capaces de amistad; son aún gatos, o pájaros o, a lo más, vacas. «Los hombres deben ser adiestrados para la guerra y las mujeres para el recreo de los guerreros. Toda otra cosa es tontería». El recreo del guerrero ha de ser de una forma peculiar si hemos de confiarnos en su enfático aforismo sobre este particular: «¿Vas con una mujer? No olvides el látigo». 

No siempre es tan feroz, aunque siempre es igualmente desdeñoso. En "La voluntad de Poder" dice: «Nos complacemos en la mujer como quizá la más exquisita, delicada y etérea clase de criatura. ¡Qué gusto es encontrar criaturas que sólo tienen en la cabeza bailes, tonterías y finuras! Ellas han sido siempre la delicia de toda alma varonil tensa y profunda». Sin embargo, incluso estas gracias sólo se encuentran en las mujeres mientras son mantenidas en orden por hombres varoniles; tan pronto logran alguna independencia se vuelven intolerables. «La mujer tiene muchos motivos para avergonzarse; en la mujer hay mucha pedantería, superficialidad, suficiencia, presunciones ridículas, licencia, e indiscreción oculta… que hasta aquí ha sido en realidad mejor refrenada y dominada por el miedo al hombre». Así habla en "Más allá del bien y del mal", donde añade que debíamos considerar a las mujeres como una propiedad, como los orientales. Todo su juicio sobre las mujeres es ofrecido como una verdad axiomática; no está respaldado por pruebas históricas o por su propia experiencia, que, en lo que respecta a las mujeres, casi se redujo a su hermana.

[...] Su opinión de las mujeres, como la de todos los hombres, es una objetivación de su propia emoción respecto a ellas, que es claramente una sensación de temor. «No olvides tu látigo», pero de cada diez mujeres, nueve le hubieran arrebatado el látigo, y él lo sabía, por lo que se apartaba de ellas, curando su vanidad herida con observaciones desagradables. 


BERTRAND RUSSELL, Historia de la filosofía occidental, RBA, 2005, traducción de Julio Gómez de la Serna & Antonio Dorta.

Nietzsche sobre Nietzsche


"El origen de la tragedia" me parece hoy, lo diré una vez más, un libro imposible; lo considero mal escrito, pesado, molesto, salpicado de imágenes rabiosas y caóticas; sentimental, aquí y allá empalagoso hasta el afeminamiento; irregular en el tempo; privado de toda voluntad por lograr claridad lógica; muy convencido, y, por esta razón, eximido de aportar demostraciones, por no decir receloso ante la conveniencia de demostrar algo, como si fuera un libro escrito para iniciados.


FRIEDRICH NIETZSCHE, prólogo a El nacimiento de la tragedia, Gredos, Madrid, 2010, traducción de Germán Cano, pág. 7.

Safranski sobre Nietzsche


Por lo que se refiere a este Romanticismo de la vida dionisiaca que culmina en Nietzsche, el reproche puede formularse así: este filósofo denigró el espíritu hasta convertirlo en una mera función de la vida, y redujo el conocimiento a ciertas verdades que son sólo ficciones útiles para la vida. Ahora bien, en cuanto desaparece la verdad, se rompen los fundamentos de la moral social. Queda la lógica salvaje de la autoafirmación y el ideal de la desinhibida autorrealización de la vida fuerte a expensas de la débil. Por tanto, este tipo de vitalismo creó un presupuesto intelectual para una moral sin escrúpulos que terminó dando vía libre a la liquidación de la vida que no merece vivir, tal como se llegará a afirmar.

De hecho, en los escritos tardíos de Nietzsche se encuentran ideas que sugieren algo semejante. Por ejemplo, cuando al final de Ecce homo comprime todas sus objeciones contra la moral cristiana en el reproche de que el cristianismo estableció como valor supremo la «despersonalización y el amor al prójimo», y con ello creó la «moral de decadencia por excelencia» para la historia de la especie. Frente a este «partido de todo lo débil, enfermo y malogrado», tiene que entrar finalmente en escena un «partido de la vida», que «tome en sus manos la más grande de todas las tareas, la de un cultivo superior de la humanidad, con la inclusión de una liquidación despiadada de todos los degenerados y parásitos». 

Es significativo que tales manifestaciones de Nietzsche se encuentren allí donde el punto de vista estético del incremento de la vida individual, que en general predomina, es sustituido por una perspectiva biológica; o sea, allí donde él ya no da continuidad a una tradición romántica, sino que cae bajo el influjo del biologismo y de un darwinismo social. En Nietzsche llega a su punto álgido la disputa entre el Romanticismo y el biologismo de su época, que nada tiene de romántico. Y esta atmósfera de pensamiento, el de las ciencias naturales vulgarizadas, es el medio donde se incuban los monstruos del racismo, el cultivo de la raza pura de los germanos, la liquidación de la vida que no merece vivir y un antisemitismo asesino, que ve a los judíos como bacilos y exige su asesinato como medida sanitaria.


RÜDIGER SAFRANSKI, Romanticismo: Una odisea del espíritu alemán, Tusquets Editores, Barcelona, 2012, traducción de Raúl Gabás, págs. 322 y 323.

Nietzsche sobre Platón


Respecto a Platón soy un escéptico radical, y nunca he podido compartir con los eruditos su tradicional admiración por Platón como artista. En último término, están de parte mía en esta apreciación los más refinados jueces del juicio estético que existieron en el propio mundo antiguo. A mi forma de ver, Platón mezcla todas las formas del estilo; tiene sobre su conciencia una falta semejante a la de los cínicos que idearon la sátira menipea. Para que los diálogos de Platón, esa especie de dialéctica horriblemente satisfecha de sí misma y pueril, puedan ejercer un atractivo, es preciso no haber leído nunca a los buenos autores franceses (a Fontenelle, por ejemplo).

Platón es aburrido. En último término, mi desconfianza hacia Platón llega hasta el fondo: le encuentro tan alejado de todos los instintos fundamentales de los helenos, tan moralizado, tan cristiano anticipado -él eleva ya la idea de "bien" a la categoría suprema-, que para referirse al fenómeno total de Platón preferiría, más que ninguna otra, usar la dura expresión de "farsa suprema", o, si suena mejor, de idealismo. Se pagó caro el que ese ateniense frecuentara la escuela de los egipcios (o quizá de los judíos residentes en Egipto). Dentro de la gran fatalidad que supuso el cristianismo, Platón fue ese equívoco y esa fascinación llamada "ideal", que hizo posible que los individuos más nobles de la antigüedad se interpretaran mal a sí mismos y que pusieran el pie en el puente que conducía hacia la cruz. ¡Y cuánto sigue habiendo de Platón en la idea de "Iglesia", al igual que en su organización, en su sistema y en sus prácticas!


FRIEDRICH NIETZSCHE, El ocaso de los ídolos, Edimat, 1999, traducción de Francisco Javier Carretero Moreno, págs. 152 y 153.

Nietzsche sobre Sand


He leído las primeras lettres d'un voyageur [Cartas de un viajero]: como todo lo que desciende de Rousseau, falsas, afectadas, un fuelle, exageradas. Yo no soporto ese multicolor estilo de papel pintado; tampoco la ambición plebeya de tener sentimientos generosos. Lo peor, ciertamente, continúa siendo la coquetería femenina expresada con unos modales masculinos, con unos modales de jóvenes ineducados. — ¡Qué fría tiene que haber sido, con todo, esta artista insoportable! Se daba cuerda como un reloj — y escribía... ¡Fría como Hugo, como Balzac, como todos los románticos, en cuanto se ponían a hacer poesía! ¡Y qué complacida de sí misma habrá estado tumbada al hacerlo, esa fecunda vaca de escribir, que tenía en sí algo alemán en el mal sentido de la palabra, lo mismo que también Rousseau, su maestro, y que, en todo caso, sólo fue posible al decaer el gusto francés! — Pero Renan la venera...


FRIEDRICH NIETZSCHE, Crepúsculo de los ídolos, Alianza Editorial, Madrid, 1979, traducción de Andrés Sánchez Pascual, pág. 89.

Canetti sobre Nietzsche


La locuacidad de Nietzsche.

¡Con qué presunción repartió miles de ceros!

[...]

Todo cuanto tienes que decir guarda relación con lo "pequeño". Ese es tu contenido. Tu hostilidad contra lo "grande", contra lo "sano", contra los "nervios", contra "las alturas", en una palabra: contra Nietzsche. 


ELIAS CANETTI, Apuntes 1992-1993, Anaya & Mario Muchnik, Madrid, 1997, traducción de Juan José del Solar, págs. 97 y 126

Beauvoir sobre Montherlant


“Como el burro de las norias árabes, giro y giro, ciegamente y marchando sin cesar sobre mis huellas. Pero no saco agua fresca.” Hay poco que añadir a esta confesión que firmaba Montherlant en 1927. El agua fresca nunca brotó. Quizá Montherlant hubiera debido encender la hoguera de Peregrinus: era la solución más lógica. Prefirió refugiarse en su propio culto. En lugar de entregarse a este mundo que no sabía fertilizar, se contentó con mirarse en él; y ordenó su vida en función del interés de este espejismo visible solo para sus ojos. “Los príncipes se sienten cómodos en cualquier circunstancia, incluso en la derrota”, escribió, y porque se complace en la derrota, se cree rey. Ha aprendido de Nietzsche que “la mujer es el entretenimiento del héroe” y cree que basta con entretenerse con mujeres para ser consagrado héroe. Y el resto por el estilo. Como dice Costals: “En el fondo, ¡menuda risa!”


SIMONE DE BEAUVOIR, El segundo sexo, Vol. I: Los hechos y los mitos, Ediciones Cátedra, Madrid, 2000, traducción de Alicia Martorell