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Umbral sobre Galdós

A Galdós le traiciona la prosa. Su intención parece que es de cronista crítico, pero su prosa, pedestre, vulgar, carente de inspiración sintáctica, pobre, es exactamente el alimento espiritual, el lenguaje que puede entender ese público que él pretende denunciar. Con la prosa está corroborándoles. Una prosa de almacén, que diría Borges de Américo Castro, no es sólo un delito literario, sino ante todo una traición a lo que se quiere comunicar, en el caso de Galdós y de tantos otros. Es la prosa/argamasa del maestro de obras que viera el memorialista.

(...) Galdós es el burguesazo solitario, solterón, ilustrado de putas y admiradores, que se edita a sí mismo y calcula que cada Episodio Nacional le va a dejar una perrona por ejemplar.

(...) Galdós, pues, es el gran estorbo del 98 y el Modernismo, el hombre que asume en sí toda la realidad convencional, pequeñoburguesa y sin imaginación, y criticándola la consagra, cerrando el paso a esos creadores de realidades nuevas que son siempre los artistas venideros.

(...) Galdós, cuando se pone estilista, dice que Tristana tenía "una boquirrita"... Y es cuando arrojamos el libro. O dice que los garbanzos son pequeños proyectiles vegetales. Es el que compara siempre a los chicos saliendo del colegio con una bandada de gorriones, y a la bandada de gorriones con chicos saliendo del colegio. Y ahí se acaban sus recursos estilísticos.

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UMBRAL, FRANCISCO, Las palabras de la tribu, Planeta, Barcelona, 1994, págs. 27 y 28

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Menéndez Pelayo sobre Galdós

Hoy en la novela, el heterodoxo por excelencia, el enemigo implacable y frío del catolicismo, no es ya un miliciano nacional, sino un narrador de altas dotes, aunque las oscurezca el empeño de dar fin trascendental a sus obras. En Pérez Galdós vale mucho más sin duda el novelista descriptivo de los Episodios Nacionales, el cantor del heroísmo de Zaragoza y de Gerona, que el infeliz teólogo de Gloria o de La familia de León Roch. El interesado aplauso de gacetilleros y ateneístas le ha hecho arrojar por la ventana su reputación literaria y colocarse dócilmente entre los imitadores, no de Balzac ni de Dickens, sino del Sr. De Villarminio, autor de la Novela de Luis, que es, de todas las novelas que conozco, la más próxima a Gloria. Probar que los católicos españoles o son hipócritas o fanáticos, y que para regenerar nuestro sentido moral es preciso hacernos protestantes o judíos, ¡vaya un objetivo poético, noble y elevado! Pintar para esto un obispo tonto, un cura zafio y una bas-bleu, gárrula y atarascada, librepensadora cursi, que ha leído La Celestina y discute sobre el latitudinarismo, y cae luego (ni era de suponer otra cosa con tales antecedentes) en brazos del primer judío (rara avis en Castro Urdiales, donde parece pasar la escena, y en verdad que el color local anda por las nubes) que se le pone delante, y que por de contado es un prototipo de hermosura, nobleza, honradez y distinción, no un hipócrita ni un bandido como esos tunantes de cristianos: he aquí la novela del Sr. Galdós. Los católicos vienen a representar en esta obra y en León Roch, y sobre todo en Doña Perfecta, el papel de los traidores de melodrama, persiguiendo y atribulando siempre a esos ingenieros sabios, héroes predilectos del autor. Gloria ha sido traducida al alemán y al inglés, y no dudo que antes de mucho han de tomarla por su cuenta las sociedades bíblicas y repartirla en hojitas por los pueblos juntamente con el Andrés Dunn (novela del género de Gloria), la Anatomía de la misa y la Salvación del pecador. Amigo soy del Sr. Galdós y le tengo por hombre dulce y honrado; pero no comprendo su ceguedad. ¿Cree de buena fe que sirve a ese espíritu religioso e independiente, de que blasonan él y sus críticos, zahiriendo sañudamente la única religión de su país, preconizando abstracciones que aquí nunca se traducen más que en utilitarismo brutal e inmoralidad grosera y presentando, acalorado por la lectura de novelas extranjeras, conflictos religiosos tan inverosímiles en España como en los montes de la luna? ¡Oh y cuán triste cosa es no ver más mundo que el que se ve desde el ahumado recinto del Ateneo y ponerse a hacer novelas de carácter y de costumbres con personajes de la Minuta de un testamento, como si Ficóbriga fuese un país de Salmerones o de Azcárates!

MARCELINO MENÉNDEZ PELAYO, Historia de los heterodoxos españoles, Libro VIII, Capítulo III, Biblioteca Virtual Cervantes (AQUÍ)

Umbral sobre Galdós


Al modernismo Montesinos lo llama «efímero», pero lo cierto es que ha quedado en nuestro siglo XX con tanta pregnación como el 98 o el 27. O más. En pensadores como Ortega y Unamuno, que negaban a Rubén, hay modernismo. Y en el austero Machado. ¿Por qué efímero el modernismo y no los Episodios Nacionales, que son de trama infantiloide, como que los cuenta un niño?

Otro pecado capital que Montesinos aplica al modernismo / parnasianismo / simbolismo es la indiferencia por el asunto. El asunto, para Montesinos, es el chisme galdosiano, asunto de portería o café de horteras. Todavía cree, como los consumidores de premios literarios, que la literatura es el «asunto». Y esto después del surrealismo, el estructuralismo y el deconstruccionismo. El profesor se ve que vivió en un sempiterno exilio cultural. Pero la literatura no es el asunto ni el estilo, sino, insisto, la capacidad de trascender y sólo es escritor el que tiene esa capacidad, por ejemplo Valle-Inclán. Galdós no trascendía, sino que todo lo descendía. Galdós es intrascendente.


FRANCISCO UMBRAL, Valle-Inclán: Los botines blancos de piqué, Planeta, Barcelona, 1997.

Julián Marías sobre Galdós


En cierto sentido, Galdós no escribía bien. Es sabido que la generación del 98 miró con cierta aversión a Galdós: no acababa de gustarles. Esto nos parece hoy injusto, pero hay que entenderlo. ¿Por qué pasaba así? La generación del 98 representó en la literatura española el restablecimiento de lo que llamo “calidad de página”. Es la calidad intrínseca de una página suelta, su eficacia como tal; el fulgor que tiene una página aislada, independientemente del valor de la obra en su conjunto. Hay obras con calidad de página, que en conjunto no pasan de mediocres o están frustradas; hay en cambio obras muy valiosas cada una de cuyas páginas carece de intensidad y fulgor. Este es el caso de Galdós. Su obra tiene valor altísimo, pero una página suya suelta rara vez nos conmueve, casi siempre es un poco trivial. Es como un gran arquitecto que construye con ladrillo, mientras otros construyen con acero y cristal, con granito o mármol. Yo creo que la aversión de los hombres del 98 por Galdós venía de que en él no encontraban un semejante; les parecía infiel a esa calidad de página, en que coinciden todos, incluso el desaliñado Baroja.

Pero ¿será meramente una limitación de Galdós? ¿Será simplemente que Galdós no escribía demasiado bien? Yo estimo enormemente la calidad de página –que no tienen nada que ver con eso que se llama “estilismo” –, y por razones graves: es aquella condición de los escritos que están escritos verdaderamente por su autor; quiero decir, aquellos en los cuales el autor –el autor mismo– ha escrito todas y cada una de sus frases. Todos hablamos con palabras, con palabras de la lengua, que son de todos y de nadie, que están inertes en el diccionario. Todos hablamos de acuerdo con la gramática de nuestra lengua. Pero cada uno dice ciertas palabras elegidas, las dispone en un orden determinado y las hace sonar con cierta cadencia. Pues bien, cuando esta selección de las palabras, la sintaxis, y la cadencia es mía, personal, entonces aquello que escribo tiene calidad de página, y en ella sentimos bajo nuestra mano o al deslizar por ella la caricia sin contacto de nuestros ojos el palpitar de una vida.

Pero hay otra manera de escribir, que es escribir con frases, con lo que podríamos llamar, dando a la expresión un sentido más lato que el usual, frases hechas, tomadas del repertorio de las que ruedan de boca en boca; frases tomadas de la gente, de lo que se dice. Lo mismo da que se trate del preciosismo de los culteranos que de las formas estereotipadas de una crónica de sociedad. En un caso y en otro, no hay calidad de página, porque está construida con elementos ajenos, mostrencos, sociales, colectivos, no míos, no personales.


JULIÁN MARÍAS, Literatura y generaciones, Espasa-Calpe, Colección Austral, Madrid, 1975, págs. 88 y 89.


Chirbes sobre Grandes


Concluyo sin ninguna emoción las casi mil páginas de la última novela de Almudena Grandes, El corazón helado. El título cumple: mucho frío y sensación de déjà vu, solo se me calienta un poco el corazoncito en torno a la página 700, un capítulo en el que el padre de Julio Carrión chantajea a una mujer, que a su vez se ha quedado con las propiedades de una familia, a cuyo único superviviente en España ella misma denunció y al que fusilaron. Donde las dan las toman. En ese capítulo recoge lo bueno de Galdós (pienso en La desheredada). El resto, un tan meritorio como trabajoso e inútil ejercicio de hilván. Consigue colocar en la narración todos los temas, anudarlos y desanudarlos, que no quede suelto ni uno de los cientos de hilos, dejarlo todo cerrado para que no se escape ni el gato, aunque para eso tenga que forzar las cosas, volver la labor demasiado explícita e incluso convertir el texto en reiterativo. Bien, muy bien, eres una excelente profesional, sin embargo el libro no me dice nada, porque no me enseña nada. Y eso me acaba planteando un montón de dudas. Si fuera un crítico sociologista en estado puro, tendría que decir que es una novela utilísima para entender los últimos ochenta años de la historia de España: no hay tecla que no toque, pero precisamente eso es lo que no es, todo aparece plano, sin densidad, se lee (lo leo) con desgana porque en realidad repite un dibujo conocido. ¿Desde dónde le hago la crítica?, ¿dónde falla? Seguramente en ese mismo afán por tocar todos los temas, por convertir la novela en una sucesión de viñetas que ilustran un libro de historia; ¿es esa la función de la novela?, ¿ilustrar la historia? Los Episodios nacionales que podrían parecer el paradigma de eso no lo son, no ilustran: plantean, muestran, desmenuzan, descuartizan, trituran… Sí, se me puede decir que está coloreado el retablo de Almudena, que los diálogos suenan bien, como sacados de la propia vida. Pero el libro no funciona. O no me funciona. Me parece que no hay nada nuevo, no mira desde un sitio que no conozcamos, es más bien una crestomatía de los puntos de vista de la historia progresista, no consigue quebrar la cáscara del huevo para mostrar lo que hay dentro, saltar sobre los tópicos de uso corriente para convertir la lectura en experiencia de algo nuevo. Pero ¿acaso Galdós no tiene algo de eso?, se me dirá, la propia Almudena lo dice, que es galdosiana, pero en Galdós la pintura tapa un dibujo cuidadoso, un proyecto que no es de construcción de la trama de la novela, sino trabajo de demolición de los usos del lenguaje, alteración de la perspectiva desde la que mira la sociedad de su tiempo. Pensar que ese costumbrismo de novela bien construida es no tener ni puñetera idea de lo que Galdós es. Yo creo que es por ese trabajo de zapa por lo que sigue emocionándonos Galdós. 


RAFAEL CHIRBES, anotación del 25 de junio de 2007, Diarios. A ratos perdidos, 5, Anagrama, Barcelona, 2023.

Garro sobre Galdós


ELENA GARRO: Yo divido a los escritores en escritores padres y escritores hijos. El escritor padre es como un gran árbol del que salen muchas hojas, ramas, flores.

GABRIELA MORA: ¿Así que en la literatura moderna casi no hay padres para ti? Por ejemplo, ¿no sería padre Galdós?
ELENA GARRO: No, porque es un hijo de Balzac.

GABRIELA MORA: ¿Qué otro grande?
ELENA GARRO: Balzac me parece extraordinario. Así como Tolstói es el escritor de la nobleza, Balzac es el escritor de la burguesía. Se compara mucho a Balzac con Pérez Galdós. Claro, porque es un resultado de Balzac. ¡El idioma de Galdós es malísimo! No sé, es muy grosero, no, no me gusta.


ELENA GARRO, «Me convertí en no persona», conversaciones con Gabriela Mora, entrevista de 1979 recogida en la Revista Dossier, toda la conversación AQUÍ

Baroja sobre Galdós


Galdós tenía condiciones para hacer algo importante, pero pensaba sobre todo en el éxito y en el dinero. 

Yo no soy entusiasta de Flaubert, pero no se puede dudar que tiene una gran fama como escritor en el mundo.

Si Flaubert, que a mí no me parece hombre de grandes facultades, hubiera tenido la moral literaria de Galdós, no habría sido nada. No hubiera pasado de ser uno de tantos novelistas franceses de la época; pero Flaubert creyó que el éxito en la novela estaba en la prosa exacta y trabajada, y la trabajó con furia hasta lo último, con todas sus fuerzas. Otro podía tener un ideal de claridad, de precisión, de exactitud, de lo que fuera; pero Galdós no tenía, como digo, más ideal que el éxito y el dinero, y así, con las mayores condiciones, no se podía llegar a lo alto.


PÍO BAROJA, Desde la última vuelta del camino II, Tusquets, Barcelona, 2006, págs. 63 y 64.