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Pamuk sobre la literatura comprometida


ENTREVISTADOR: Cuando dice «la generación previa», ¿a quiénes se refiere?
ORHAN PAMUK: A autores que sentían una responsabilidad social, autores que sentían que la literatura debía servir a la moral y a la política. Eran realistas planos, no experimentales. Como los escritores de tantos países pobres, desperdiciaron su talento intentando servir a su nación. Yo no quería ser como ellos porque incluso de joven había disfrutado con Faulkner, Virginia Woolf y Proust, y nunca aspiré al modelo social-realista de Steinbeck y Gorky. La literatura producida en los sesenta y setenta empezaba a dejar de estar de moda, así que fui bien recibido como autor de una nueva generación.


ORHAN PAMUK, fragmento de la entrevista concedida a Paris Review recogida en Otros colores, Random House Mondadori, Barcelona, 2008, traducción de Rafael Carpintero, pág. 421.

Virginia Woolf sobre Joyce


Miércoles, 16 de agosto de 1922
Debiera estar leyendo el Ulises y formulando mis argumentaciones en pro y contra. Por el momento, he leído doscientas páginas, que ni siquiera representan la tercera parte [...] Ulises me parece el libro propio de un analfabeto, un libro carente de desarrollo; la obra de un obrero autodidacta, y todos sabemos cuán lamentables son esas obras, cuán egotistas, cuán insistentes, cuán primarias, crudas y, en última instancia, nauseabundas. Cuando se puede comer carne guisada, ¿a santo de qué comerla cruda? 

Miércoles, 6 de septiembre de 1922
[...] He terminado el Ulises y creo que es una obra fallida. A mi juicio, no le falta talento, pero de baja estofa. El libro es difuso. Es enmarañado. Es pretencioso. Es de baja ralea, no sólo en el sentido evidente, sino también en la acepción literaria. Con ello quiero decir que un escritor de primera fila siente por la literatura un respeto tal que le impide servirse de trucos; de sorpresas; de hacer payasadas. Me recuerda constantemente a un colegial con tendencia al comportamiento brutal, rebosante de ingenio y capacidad, pero tan pendiente de sí mismo, tan egotista, que pierde la cabeza y se convierte en un ser extravagante, amanerado, vocinglero, torpón, y consigue que las personas amables le tengan lástima, y que las personas severas se irriten; y una tiene esperanzas de que todo lo anterior le pasará cuando crezca; pero como sea que Joyce tiene cuarenta años, no parece probable que así ocurra. No lo he leído cuidadosamente; y solo una vez; y es muy oscuro; por lo tanto seguramente he dejado de percibir sus méritos en una proporción superior a la justa.

Jueves, 7 de septiembre de 1922
Después de haber escrito lo anterior, L. me ha dado una crítica muy inteligente del Ulises, aparecida en el Nation norteamericano; que por primera vez analiza el significado; y ciertamente consigue que el libro sea mucho más impresionante de lo que yo creía. De todas maneras sigo creyendo que en las primeras impresiones se da siempre cierto valor y contienen una verdad duradera; en consecuencia, no me desdigo.


VIRGINIA WOOLF, Diario de una escritora, Ediciones y Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja, Madrid, 2003, traducción de Andrés Bosch, págs. 71-74.

Burgess sobre Woolf


Dejémonos de tonterías feministas sobre la grandeza de Virginia Woolf. Tenía un conocimiento limitado de la vida y ningún deseo de ampliar ese conocimiento. Menospreciaba los bares, los urinarios, los cuarteles y el contacto y el sudor del sexo. Rechazaba la verdadera materia del novelista, que se encuentra en las calles del Londres de Dickens y del París de Balzac. Le faltaba fuerza. Si por fuerza entendemos masculinidad, entonces sus adoradoras feministas dirán que hacía bien en rechazarlo; pero no lo rechazó, no tuvo la vitalidad suficiente para enfrentarse al mundo.

Su suicidio, que puede contrastarse con la muerte de Joyce por abuso del alcohol, se puede explicar como un gesto de desesperación por no ser capaz de abrazar la vida en su totalidad. No puede considerarse una muerte disculpable para un novelista que debería morir maldiciendo porque deja la gloriosa suciedad que forma la materia de su arte para abrazar a Dios o a la nada.

Nadie tiene la menor duda del exquisito talento verbal de Virginia Woolf, pero yo pondría en duda que fuese una verdadera novelista, y rechazo plenamente su pretensión de grandeza.

La ironía de su designación de los grandes eduardianos subyace en la verdad de que ella misma era eduardiana, y no de las grandes. Carecía de la vitalidad victoriana, cualidad que no les faltaba ni a Bennett ni a Wells. Carecía del optimismo eduardiano, pero no de su neurosis. Consideraba que era suficiente con manipular palabras y símbolos al servicio de una teoría de la percepción humana. Contribuyó a reducir la novela de su primitiva gloria como "el brillante libro de la vida" (la frase es de D. H. Lawrence) a la situación de una refinada operación análoga al petitpoint.

La novela nunca fue una forma artística específicamente masculina, sino hermafrodita. Ella la convirtió en un hobby refinado para damas.


ANTHONY BURGESS, ¿Quién teme a Virginia Woolf?, El País, 1 de abril de 1982. Todo el artículo AQUÍ