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Madre de Houellebecq sobre Houellebecq

La madre del polémico escritor francés Michel Houellebecq arremete en un nuevo libro contra su hijo, que la había dado por muerta en una entrevista a principios de la década de los años noventa.

Lucie Ceccaldi, de 83 años, ajusta cuentas con el autor de "Las partículas elementales" a partir de esta obra, "L'Innocente" (La inocente), que saldrá a la venta en Francia el próximo 7 de mayo.

"Que le den por saco. No tengo nada que decir. Pero si por mala suerte vuelve a sacar mi nombre, se va a llevar un bastonazo en la cara que le partirá los dientes, ¡seguro!", escribe Ceccaldi en esta obra.

Houellebecq se crió con su abuela paterna y, durante su infancia, no contó nunca con la presencia de su madre, a quien criticó violentamente en algunas de sus obras.

En "Morir" el escritor cuenta que su madre no lo "acunó, acarició, ni mimó" lo suficiente cuando era un niño, y en "Las partículas elementales" la trata de "hippie degenerada" e "incurable egocéntrica", que prefiere dedicarse a sus amantes que a sus hijos.

Ceccaldi, que reside en la isla francesa de La Reunión, en el Índico, asegura que no sólo no cree que su hijo sea el más guapo del mundo, sino que "es un pequeño gilipollas".

La mujer afirma que sólo podrá reconciliarse con su hijo "el día que con sus 'partículas elementales' en la mano, diga 'soy un mentiroso y un impostor. He sido un parásito y no he hecho nada bueno en la vida aparte de causar mal a todos los que me han rodeado'".

AGENCIA EFE, Madre de Michel Houellebecq publica libro contra su hijo, Emol Cultura, 30 de abril de 2008

Marías sobre Houellebecq

Difícil es que yo lea a quien se pasa media vida yendo de Sarajevo a Chiapas y de Jerusalen a Tel Aviv para “llamar la atención” sobre lo que todo el mundo ya sabe y así ponerse bajo los focos y quedar de fábula, por solidario y comprometido, oenegé individual con gran provecho. Y más difícil aún a quienes se fabrican “escándalos”. Acabo de quitarme entre los deberes, por ejemplo, a ese francés llamado Houellebecq, según los críticos muy provocador y muy bueno. Y no tanto por haberlo visto complacidísimo con su ridículo proceso por injurias al Islam, cuanto porque leí hace poco que había presentado una novela en Barcelona: encapuchado y con gafas negras, leyó un fragmento erótico, eso decían, mientras se veía a una mujer en un vídeo sacar moldes de un clítoris. Luego, “la artista Nifasta” realizó la misma operación en persona, con una acompañante con medias negras. Después ambas se quitaron sus sendas y muy rojas bragas, mientras el autor leía muy serio un pasaje felatario. Al final, el clitórico molde obtenido se colocó en una vitrina. Por caridad, cómo quieren que lea a semejante plasta. Claro que lo más penoso de todo venía al final de la noticia: “El Instituto Francés se llenó a rebosar. El publicó siguió toda la representación en respetuoso silencio”. Si al menos se hubieran reído, empezando por el provocador solemne...

JAVIER MARÍAS, Harán de mí un criminal, Alfaguara, Madrid, 2003, pág. 305.

Houellebecq sobre Prévert


Jacques Prévert es uno de esos hombres cuyos poemas aprendemos en el colegio. Resulta que amaba las flores, los pájaros, los barrios del viejo París, etc. Pensaba que el amor alcanzaba su plenitud en un ambiente de libertad; en general, estaba más bien a favor de la libertad. Llevaba gorra y fumaba Gauloises; a veces la gente lo confunde con Jean Gabin; por otra parte, fue él quien escribió los guiones de El muelle de las brumas, Las puertas de la noche, etc. También escribió el guión de Los niños del paraíso, considerado su obra maestra. Todas éstas son buenas razones para aborrecer a Jacques Prévert; sobre todo si uno lee los guiones que Antonin Artaud escribió en la misma época y que nunca se rodaron. Es lamentable comprobar que ese repugnante realismo poético, cuyo principal artífice fue Prévert, sigue causando estragos, y que la gente se lo atribuye a Leos Carax como si fuera un halago (del mismo modo que Rohmer sería sin duda un nuevo Guitry, etc.). De hecho, el cine francés nunca se ha recuperado de la llegada del sonoro; acabará enterrado por su culpa, y bien está.

En la posguerra, más o menos en la misma época que Jean-Paul Sartre, Jacques Prévert tuvo un éxito enorme; a uno le impresiona, a su pesar, el optimismo de esa generación. En la actualidad, el pensador más influyente sería más bien Cioran. En aquella época escuchaban a Vian, a Brassens… Enamorados que se besuquean en los bancos públicos, boom de natalidad, construcción masiva de viviendas de protección oficial para alojar a toda aquella gente. Mucho optimismo, mucha fe en el porvenir y un poco de imbecilidad. Es evidente que nos hemos vuelto mucho más inteligentes.

Prévert tuvo menos suerte con los intelectuales. Sin embargo, sus poemas rebosan de esos estúpidos juegos de palabras que gustan tanto en Bobby Lapointe; pero es cierto que la canción es, como suele decirse, un género menor, y que hasta los intelectuales tienen que distraerse. Cuando abordan los textos escritos, su auténtico medio de sustento, se vuelven implacables. Y el «trabajo del texto», en Prévert, siempre es embrionario; escribe con nitidez y verdadera naturalidad, a veces incluso con emoción; no le interesan ni la escritura ni la imposibilidad de escribir; su gran fuente de inspiración es, ante todo, la vida. Así que, con pocas excepciones, se ha salvado de las tesis de tercer ciclo. No obstante, ahora ha entrado en la Pléiade, lo cual constituye una segunda muerte. Ahí está su obra, completa y fijada. Es una magnífica ocasión para preguntarse por qué la poesía de Prévert es tan mediocre, hasta el punto de que uno siente a veces, al leerla, una especie de vergüenza. La explicación clásica (porque su escritura «carece de rigor») es completamente falsa; en realidad, a través de sus juegos de palabras, de su ritmo leve y nítido, Prévert expresa a la perfección su concepción del mundo. La forma es coherente con el fondo, que es lo máximo que se puede exigir de una forma. Por otra parte, cuando un poeta se sumerge hasta ese punto en la vida, en la vida real de su época, juzgarle según criterios meramente estilísticos sería un insulto. Si Prévert escribe, es porque tiene algo que decir; eso le honra. Desgraciadamente, lo que tiene que decir es de una estupidez sin límites; a veces da náuseas. Hay chicas bonitas y desnudas, hay burgueses que sangran como cerdos cuando los degüellan. Los niños son de una inmoralidad simpática, los gamberros son seductores y viriles, las chicas bonitas y desnudas entregan su cuerpo a los gamberros; los burgueses son viejos, obesos, impotentes, están condecorados con la Legión de Honor, y sus mujeres son frígidas; los curas son orugas viejas y asquerosas que inventaron el pecado para impedir que vivamos. Ya sabemos todo esto; podemos preferir a Baudelaire. O incluso a Karl Marx, que por lo menos no se equivocó de diana al escribir que «el triunfo de la burguesía ha ahogado los estremecimientos sagrados del éxtasis religioso, del entusiasmo caballeresco y del sentimentalismo barato bajo las aguas heladas del cálculo egoísta». La inteligencia no ayuda en absoluto a escribir buenos poemas; sin embargo, puede impedir que uno escriba poemas malos. Jacques Prévert es un mal poeta, más que nada porque su visión del mundo es anodina, superficial y falsa. Ya era falsa en su época; ahora deslumbra por su nulidad, hasta el punto de que toda su obra parece derivarse de un tópico gigantesco. A nivel filosófico y político Jacques Prévert es, sobre todo, un libertario; es decir, fundamentalmente, un imbécil.

Ahora chapoteamos desde nuestra más tierna infancia en las «aguas heladas del cálculo egoísta». Podemos acostumbrarnos a ellas, intentar sobrevivir en ellas; podemos también dejarnos llevar por la corriente. Pero resulta imposible imaginar que la liberación de las fuerzas del deseo sea capaz, por sí misma, de provocar un recalentamiento. Una anécdota cuenta que fue Robespierre quien insistió en añadir la palabra «fraternidad» a la divisa de Francia; ahora estamos en condiciones de apreciarla plenamente. Desde luego, Prévert se consideraba partidario de la fraternidad; pero Robespierre no era, ni mucho menos, adversario de la virtud.


MICHEL HOUELLEBECQ, Jacques Prévert es un imbécil, publicado en Letres francaises, Nº 22, julio de 1992, recogido en El mundo como supermercado, Anagrama, Barcelona, 2006, traducción de Encarna Castejón.