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César Vallejo sobre Valéry, France, Pirandello y Gómez de la Serna


El literato a puerta cerrada no sabe nada de la vida. La política, el amor, el problema económico, el desastre cordial de la esperanza, la refriega directa del hombre con los hombres, el drama menudo e inmediato de las fuerzas y direcciones encontradas de la realidad, nada de esto sacude personalmente al escritor de puerta cerrada. Producto típico de la sociedad burguesa, su existencia es una afloración histórica de intereses e injusticias sucesivas y heredadas hacia una célula estéril y neutra de museo. Es una momia que pesa pero no sostiene. Este infecto plumífero de gabinete es, en particular, hijo directo del error económico de la burguesía. Propietario, rentista, con prebendas o sinecuras de Estado o familia, el pan y el techo le están asegurados y puede escapar a la lucha económica, que es incompatible con el aislamiento individual. Tal es el más frecuente caso económico del literato de gabinete. Otras veces, el escriba se nutre el estómago de un tácito sentido económico, heredado de la psicología de clase de que procede. Carece entonces de renta, como vulgar parásito de la sociedad, pero disfruta de un temperamento que le permite practicar una literatura de gran cotización. ¿Cómo? "El artista —escribe Upton Sinclair— que triunfa en una época, es un hombre que simpatiza con las clases remantes de dicha época, cuyos intereses e ideales interpreta, identificándose con ellos". En una sociedad de aburridos regoldantes y de explotadores satisfechos, que, como decía Lenin, "enferman de obesidad", la literatura que más place es la que huele a polilla de bufete. Cuando la burguesía francesa fue más feliz y satisfecha de su imperio, la literatura de mayor prestancia fue la de puerta cerrada. A la víspera de la guerra, el rey de la pluma fue Anatole France. Hoy mismo, en los países donde la reacción burguesa se muestra más recalcitrante, como en la propia Francia, en Italia y en España, —para no citar sino países latinos— los escritores en boga son Paúl Valéry, Pirandello y Gómez de la Serna, cuyas obras contienen, en el fondo, una evidente sensibilidad de gabinete. Ese refinamiento mental, ese juego de ingenio, esa filosofía de salón, esa emoción libresca, trascienden a lo lejos al hombre que se masturba muellemente, a puerta cerrada.

Frente a esa literatura de pijama, que como el arte confinado de las piezas cerradas tiende actualmente hacia arriba pero para evaporarse, también con ese aire muy pronto se agolpa a los pulmones naturales del hombre, la libre inmensidad de la vida.


CÉSAR VALLEJO, Variedades, 1928, recogido por José Carlos González Boixo en César Vallejo y la vanguardia poética, incluido en La modernidad literaria en España e Hispanoamérica, de Carmen Ruiz Barrionuevo y César Real Ramos, Ediciones Universidad de Salamanca, 1995, Salamanca, pág. 220.

Aleixandre sobre Valéry y Góngora


Todo lo que es rebeldía, no conformidad, sea virtud o vicio, tiene mi simpatía. La revolución y el crimen tienen a ratos mi mirada atenta, interesada [...] Por eso la poesía superrealista me atrae y es casi ya la única que entiendo [...] Por eso es comprensible que amores literarios de antes sean hoy indiferencias. Yo por ejemplo estoy harto, harto de Valéry. Y nuestro Góngora me parece muerto y sepultado y a tres mil quinientas leguas de lo que hoy siento por poesía.


VICENTE ALEIXANDRE, carta a Dámaso Alonso enviada el 1 de agosto de 1930 desde Francia, recogida por Julio Neira en La quimera de los sueños: Claves de la poesía del 27, Editorial Veramar, Málaga, 2009, pág. 157.

Ribeyro sobre Valéry


Los largos y ambiciosos poemas de Valéry, como los de Narciso e incluso El cementerio marino, se me caen ahora de las manos y no me parecen otra cosa que un ejercicio aplicado y talentoso de versificación de los cuales la poesía está ausente. Muchos de los versos que los forman, la mayoría, podrían haber sido escritos en el siglo XVII, formar parte de una tragedia de Racine. Valéry parece olvidar que la belleza es un valor temporal, válido dentro de determinado contexto y que la imitación es siempre un arte secundario, es decir, un artificio. Valéry, en su poesía al menos y en sus relatos, fue un imitador o, si se quiere, un combinador. Él no sacó nunca algo de la nada, sino que construyó a base de formas, imágenes, palabras conocidas y garantizadas. Por un poema como “Zona” de Apollinaire daría todos los versos de Valéry.


JULIO RAMÓN RIBEYRO, La tentación del fracaso, Seix Barral, Barcelona, 2003, pág. 270.