Mostrando entradas con la etiqueta Valéry Paul. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Valéry Paul. Mostrar todas las entradas

Salinas sobre los escritores franceses

Hoy Monsieur Salinas ha pasado un día terriblemente literario, en contacto (¡forzoso!) con escritores franceses, que es una especie humana que detesto. He tomado el té en casa de Paul Valéry y esto que es un honor tan codiciado por tantos esnobs de ambos mundos me ha aburrido bastante. No por Valéry mismo, que es un hombre encantador y muy superior a sus admiradores, sino por el ambiente literario. Las gentes tratan a Valéry como a un dios y yo no trato como a un dios a nadie… más que a una diosa, que tú conoces. Valéry ha sido encargado por su Gobierno de dirigir una universidad de Niza, que los franceses han inventado un poco sobre el modelo de Santander, así que he hablado con él de cosas universitarias y nada de poesía. Eso ha hecho más fácil y grata la conversación. Luego he ido a cenar a casa de un matrimonio literario: ella Marcelle Auclair, chica fina, agradable y bien parecida. Él, Jean Prévost, insoportable, con no sé cuánta pedantería encima, entre otra la de la antipatía cultivada. Estaba también el novelista André Chamson, con su mujer, gente grata. Pero te aseguro, mi Katherine, que no me encuentro bien con esta clase de personas. El literato francés se cree sieme un ser elegido, centro de la admiración del mundo y tanto se lo cree que esta convicción se apodera de mí y no los veo como personas, sino como a animales raros en un Zoo; es decir, no me encuentro a nivel humano con ellos. Lo humano en ellos, que existe, claro es, se disimula, se esconde detrás de una serie de convencionalismos, de falsedades mecánicas, de desdoblamientos de vanidad.

PEDRO SALINAS, carta enviada a Katherine Whitmore desde París el 28 de abril de 1933, incluida en Cartas a Katherine Whitmore, Tusquets, Barcelona, 2002, pág. 214

Cioran sobre Valéry

. Nunca he podido comprender que Valéry hiciese una carrera de poeta. Abro “La joven Parca”: malestar incalificable, el mismo que siempre he experimentado ante semejante elaboración hiperconsciente, artificial, penosa en grado sumo (que le exigió, miseria vertiginosa, una centena de borradores). Por más que lo intento, no puedo continuar. ¿Releeré “El cementerio”? Renuncio a ello: es demasiado perfecto. La indigencia de la poesía francesa es casi trágica. Por todas partes ese gusto desastroso por la perfección, por la perfección vacía, a causa del cual perecerá. En el caso de Valéry las cosas se complican, pues sus teorías sobre la poesía son un crimen contra la poesía: esterilizantes, peligrosas, consagran y reivindican la impotencia, asimilan el acto poético a un cálculo, a una tentativa premeditada. La poesía es todo salvo eso: la poesía es inacabamiento, explosión, presentimiento, catástrofe. No esa geometría cargante ni esa sucesión de adjetivos exangües. Somos todos demasiado vulnerables, estamos demasiado cansados, y en nuestra fatiga somos demasiado bárbaros para apreciar aún esas galas y esas joyas. La palabra oficio, atroz aplicada a un poeta, Valéry la merece totalmente. ¿Cómo un espíritu tan desengañado como él pudo extraviarse hasta ese punto? Debería haberse dedicado al poema didáctico, único género que le hubiese convenido realmente, haber tomado como modelo a Lucrecio en lugar de a Mallarmé, y haber puesto en verso la filosofía de Comte o de Spencer. Para la poesía se necesita un desequilibrio especial, que él no tuvo la suerte de padecer. EMILE CIORAN, Ejercicios de admiración y otros textos, Tusquets, Barcelona, 1995, págs. 150 y 151, traducción de Rafael Panizo

Ribeyro sobre Racine

¿Será Racine un valor literario inflado? Relectura de alguna de sus piezas. Personalmente no “siento” su teatro, la perfección de sus versos distrae mi atención y la peripecia dramática se me esfuma en el torrente de alejandrinos. ¡Qué centenares de libros y ensayos se han escrito para explicar, demostrar, convencer de que Racine es un gran dramaturgo! Tal vez Hugo tenía razón en menospreciarlo. En cuanto a la opinión favorable de Anatole France, Valéry o Giraudoux me tiene sin cuidado, pues son escritores de género menor que trataban de exaltar las virtudes de su antepasado para poner de relieve sus propias virtudes.

Se elogiaban por personne interposée. Sólo algunas escenas de Britannicus, de Bérenice o de Phédre continúan asombrándome, quizás porque en ellas hay un ajuste logrado entre versificación, acción y emoción. En cuanto a Les Plaideurs, inútil decirme que es una buena comedia. La he releído atentamente. Qué osadía comparar esta obra con las de Molière. Con razón dijo éste, según se cuenta, que la pieza de Racine “no valía nada”. Sólo he encontrado en ella dos versos citables: “Mais sans argent l’honneur n’est qu’une maladie” y “Pour dormir dans la rue on n’offense personne” (respuesta que podría dar un clochard a un flic que lo interpele).

JULIO RAMÓN RIBEYRO, La tentación del fracaso, Seix Barral, Barcelona, 2003, págs. 299 y 300

Cortázar sobre Valéry

Hace veinte años veía yo en Paul Valéry el más alto exponente de la literatura occidental. Hoy continúo admirando al gran poeta y ensayista, pero ya no representa para mí ese ideal. No puede representarlo quien a lo largo de toda una vida consagrada a la meditación y a la creación, ignoró soberanamente (y no sólo en sus escritos) los dramas de la condición humana que en esos mismos años se abrían paso en la obra epónima de un André Malraux y, desgarrada y contradictoriamente pero de una manera admirable precisamente por ese desgarramiento y esas contradicciones, en un André Gide. Insisto en que a ningún escritor le exijo que se haga tribuno de la lucha que en tantos frentes se está librando contra el imperialismo, en todas sus formas, pero sí que sea testigo de su tiempo como lo querían Martínez Estrada y Camus, y que su obra o su vida (¿pero cómo separarlas?) den ese testimonio en la forma que les sea propia. Ya no es posible respetar como se respetó en otros tiempos al escritor que se refugiaba en una libertad mal entendida para dar la espalda a su propio signo humano, a su pobre y maravillosa condición de hombre entre hombres, de privilegiado entre desposeídos y martirizados. JULIO CORTÁZAR, carta a Roberto Fernández Retamar, Saignon (Vaucluse), 10 de mayo de 1967, recogido en JULIO CORTÁZAR, Cartas 2 (1964-1968), edición a cargo de Aurora Bernárdez, Alfaguara, Buenos Aires, 2000, pág. 1140-1141

Dalí sobre Valéry y Gide

Acabo de leer poesías (?) de Pol Valeri i el libro sobre este puerco que a hecho Paul Suday. Paul Valeri presenta todos los signos de la peor clase de putrefacción –su intelectualismo es de lo más aburrido que cabe– tenemos que prescindir en absoluto de esa gentuza –un Gide sobre todo Si le grain moeur [sic], puede tener la intensidad de una cosa personal absurda, biografismo nada más, incapaz pero ni tan solo de interesarnos, Gide es otro latazo; su vida no nos importa una mierda y en el fondo es la misma que la de una cupletista y en canvio no nos da nada capaz de emocionarnos sanamente –en fin Merde! . . SALVADOR DALÍ, carta a Lorca, enero de 1928, recogido por Ian Gibson en Lorca-Dalí. El amor que no pudo ser, Plaza & Janés, Barcelona, 1999, pág. 204.

Pla sobre Valéry

En uno de sus cruceros por las islas griegas, cuando el barco tocaba en determinada isla, algunos turistas se bajaban a visitarla, pero la mayoría se quedaba a bordo escuchando lo que Pla tenía que decir sobre la historia y geografía del sitio. Era el mejor guía turístico que pudiera encontrarse, pero se constituía él mismo en el sitio visitado. Una tarde, a bordo, se encontró mal a última hora. El médico del barco temió por su vida, pero Pla le dijo: -No es nada. Es que me he pasaado la tarde leyendo a Valéry, y eso no hay quien lo resista. Pero ya se pasa. FRANCISCO UMBRAL, Las palabras de la tribu, Planeta, Barcelona, 1994, pág. 111.

Bloom sobre Poe (2)

Los grandes poetas líricos son escasos, y en donde más abundan es en la literatura inglesa y en la alemana. Hay muy pocos de verdadera calidad en la tradición americana y en cambio arrastramos una larga y atroz recua de malos poetas líricos, cuyo ancestro y deprimente ejemplar es Edgar Allan Poe, creador de una amalgama de Coleridge, Byron y Shelley que sigue teniendo consecuencias lamentables. Poe aún tiene seguidores, incluso en países en los que los críticos no saben leer inglés, pero sobre todo en Francia, donde no saben, como lo demostró la tríada de Baudelaire, Mallarmé y Valéry, responsable de haber leído en Poe cosas que no estaban allí. Ningún otro poeta o cuentista se ha beneficiado tanto con la traducción.

HAROLD BLOOM, Genios, Anagrama, Barcelona, 2005, pág. 477. Traducción de Margarita Valencia Vargas

César Vallejo sobre Valéry, France, Pirandello y Gómez de la Serna


El literato a puerta cerrada no sabe nada de la vida. La política, el amor, el problema económico, el desastre cordial de la esperanza, la refriega directa del hombre con los hombres, el drama menudo e inmediato de las fuerzas y direcciones encontradas de la realidad, nada de esto sacude personalmente al escritor de puerta cerrada. Producto típico de la sociedad burguesa, su existencia es una afloración histórica de intereses e injusticias sucesivas y heredadas hacia una célula estéril y neutra de museo. Es una momia que pesa pero no sostiene. Este infecto plumífero de gabinete es, en particular, hijo directo del error económico de la burguesía. Propietario, rentista, con prebendas o sinecuras de Estado o familia, el pan y el techo le están asegurados y puede escapar a la lucha económica, que es incompatible con el aislamiento individual. Tal es el más frecuente caso económico del literato de gabinete. Otras veces, el escriba se nutre el estómago de un tácito sentido económico, heredado de la psicología de clase de que procede. Carece entonces de renta, como vulgar parásito de la sociedad, pero disfruta de un temperamento que le permite practicar una literatura de gran cotización. ¿Cómo? "El artista —escribe Upton Sinclair— que triunfa en una época, es un hombre que simpatiza con las clases remantes de dicha época, cuyos intereses e ideales interpreta, identificándose con ellos". En una sociedad de aburridos regoldantes y de explotadores satisfechos, que, como decía Lenin, "enferman de obesidad", la literatura que más place es la que huele a polilla de bufete. Cuando la burguesía francesa fue más feliz y satisfecha de su imperio, la literatura de mayor prestancia fue la de puerta cerrada. A la víspera de la guerra, el rey de la pluma fue Anatole France. Hoy mismo, en los países donde la reacción burguesa se muestra más recalcitrante, como en la propia Francia, en Italia y en España, —para no citar sino países latinos— los escritores en boga son Paúl Valéry, Pirandello y Gómez de la Serna, cuyas obras contienen, en el fondo, una evidente sensibilidad de gabinete. Ese refinamiento mental, ese juego de ingenio, esa filosofía de salón, esa emoción libresca, trascienden a lo lejos al hombre que se masturba muellemente, a puerta cerrada.

Frente a esa literatura de pijama, que como el arte confinado de las piezas cerradas tiende actualmente hacia arriba pero para evaporarse, también con ese aire muy pronto se agolpa a los pulmones naturales del hombre, la libre inmensidad de la vida.


CÉSAR VALLEJO, Variedades, 1928, recogido por José Carlos González Boixo en César Vallejo y la vanguardia poética, incluido en La modernidad literaria en España e Hispanoamérica, de Carmen Ruiz Barrionuevo y César Real Ramos, Ediciones Universidad de Salamanca, 1995, Salamanca, pág. 220.

Aleixandre sobre Valéry y Góngora


Todo lo que es rebeldía, no conformidad, sea virtud o vicio, tiene mi simpatía. La revolución y el crimen tienen a ratos mi mirada atenta, interesada [...] Por eso la poesía superrealista me atrae y es casi ya la única que entiendo [...] Por eso es comprensible que amores literarios de antes sean hoy indiferencias. Yo por ejemplo estoy harto, harto de Valéry. Y nuestro Góngora me parece muerto y sepultado y a tres mil quinientas leguas de lo que hoy siento por poesía.


VICENTE ALEIXANDRE, carta a Dámaso Alonso enviada el 1 de agosto de 1930 desde Francia, recogida por Julio Neira en La quimera de los sueños: Claves de la poesía del 27, Editorial Veramar, Málaga, 2009, pág. 157.

Ribeyro sobre Valéry


Los largos y ambiciosos poemas de Valéry, como los de Narciso e incluso El cementerio marino, se me caen ahora de las manos y no me parecen otra cosa que un ejercicio aplicado y talentoso de versificación de los cuales la poesía está ausente. Muchos de los versos que los forman, la mayoría, podrían haber sido escritos en el siglo XVII, formar parte de una tragedia de Racine. Valéry parece olvidar que la belleza es un valor temporal, válido dentro de determinado contexto y que la imitación es siempre un arte secundario, es decir, un artificio. Valéry, en su poesía al menos y en sus relatos, fue un imitador o, si se quiere, un combinador. Él no sacó nunca algo de la nada, sino que construyó a base de formas, imágenes, palabras conocidas y garantizadas. Por un poema como “Zona” de Apollinaire daría todos los versos de Valéry.


JULIO RAMÓN RIBEYRO, La tentación del fracaso, Seix Barral, Barcelona, 2003, pág. 270.