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Quevedo sobre Góngora (11)

Vuestros coplones, cordobés sonado,

sátira de mis prendas y despojos,

en diversos legajos y manojos,

mis servidores me los han mostrado.

Buenos deben de ser, pues han pasado

por tantas manos y por tantos ojos,

aunque mucho me admira en mis enojos

de que cosa tan sucia hayan limpiado.

No los tomé porque temí cortarme

por lo sucio, muy más que por lo agudo;

ni los quiso leer por no ensuciarme.

Y así, ya no me espanta el ver que pudo

entrar en mis mojones a inquietarme

un papel de limpieza tan desnudo.

FRANCISCO DE QUEVEDO, Obra poética III (Parte I), Biblioteca clásica Castalia, Madrid, 2001, pág. 239

Quevedo sobre Góngora

AL MESMO

Alguacil del Parnaso, Gongorilla,

pues vives de las décimas que haces

y en los conventos pasces,

gorra de otra capilla en la capilla;

si Guadarrama no, ya Calcaborra,

o tus desvergonzadas canas borra

o envejece los dijes de tu seso;

la contrición suceda a lo travieso:

no te halle la muerte en esos labios,

u en esos cortezones,

en vez de misereres, coridones.

Tu décima he leído

contra el cojo poeta esclarecido.

Yo, que su ingenio admiro, no su paso,

no hago de ti caso;

que si de ti le hiciera,

cecina del Parnaso,

musa momia, famélica figura,

darte seiscientos garrotazos fuera,

para lo que tu chola merecía,

poca palestra a la región vacía.

No sea griego Quevedo, sea troyano,

mas en romance, ingenio soberano.

No sea Lope latino,

mas fecundo escriptor, dulce y divino.

No sea francés Juan Pablo;

¿estás contento, diablo?,

y solamente tú, Matus Gongorra,

cuando garciclopeas Soledades,

francigriegas latinas necedades;

siendo así (Mendocilla me lo dijo)

obras ambas de artífice prolijo.

Dime, orejón poeta,

ver que se celebrara

de Quevedo el ingenio y la mollera,

¿de tanta invidia era

para que, magras las quijadas rancias,

en ti le persiguieran a porfía

de un gerifalte boreal arpía?

Trata de extremaunción y no de musas,

que escribes moharraches,

Bosco de los poetas,

todo diablos y culos y braguetas,

que con tus decimillas,

adjetivas demonios y capillas;

contra el púlpito flechas,

contra Florencia escribes,

y dicen lenguas ruines

que de atrás os conocen florentines.

Dejas pasar sin décima

al otro don Francisco

que allá en Caramanchel tuvo su aprisco;

que de tu coche hizo sinagoga

y de entre tu manteo y tu sotana

la Sancta le agarró cierta mañana,

¿y al don Francisco sin Moisén copleas?

La vieja ley, carroño, lisonjeas.

¡Oh junta, culta sí, mas deshonesta,

a los rayos de Júpiter expuesta!

Dejad estas contiendas,

porque ya de vosotros

anda el judïazo y entre el juego

humo anhelando el que no suda fuego.

Sacerdote de anillo,

de cuantas veces truecas la comida,

trueca una vez la bufa, otra la vida.

Pues es tal por de dentro

tu cuerpo, ¡oh rapacilla calavera!,

que la propria comida se hace afuera;

y por no estar tan mal aposentados,

por tu boca reculan los bocados.

Pues tu lengua maldita,

que en Esgueva aprendió tan bajo oficio

(profesó ya de paño de servicio),

sus diligencias hace

por no estar en tu boca, Dios la oiga;

y a las señas que hace de ahorcado,

sólo falta el verdugo; y yo sospecho

que te fuera consuelo,

según eres de sucio, si se advierte,

por ver un culo al trance de tu muerte.

Duélete de ti proprio,

pues tienes las quijadas

en esa nuez, que alguna vez fue cara,

impenetrable casi a la cuchara.

A los pies de Quevedo

estás siempre en soneto y remoquete:

Luisillo, cosas tienes de juanete.

Musas merlincocayas bisabuelas,

meted al viejo adunco, si canoro,

vuestros corchos por uno y otro poro.

Pues, ¿qué hiciérades todas,

viéndole presidir en un garito,

cuando, pidiendo naipes y barato,

a bocados y coces

número crece y multiplica voces?

Mas en las caduqueces que publica

quiere, sin admitir los desengaños,

que, en letras pocas, lean muchos años.

Que ya envenena mucho cuanto toca

el prodigioso fuelle de su boca.

No es tu ración de Córdoba, entrevélo;

que tus embestiduras y tus bribias

dicen a los que somos cordobeses

que la tuya es ración de los marqueses.

Muda costumbres antes que pellejo,

si tu neutralidad sufre consejo.

Paréceme que llamas como sueles,

tú y estotro mancebo de la honda,

un paladín de sienes que responda,

un marido linterno,

breve de barba, duro no de cuerno.

¿Quién sino Satanás batir pudiera

berrendo y reverendo, y un judío

que se quemaba de mirar el río?

¿Quién pudo adjetivar sino tú solo,

que al vicio das la boga,

púlpito con garita y sinagoga?

Por eso, en insolente desatino,

sólo te codició Paravicino.

Y págalo Quevedo

porque compró la casa en que vivías,

molde de hacer arpías;

y me ha certificado el pobre cojo

que de tu habitación quedó de modo

la casa y barrio todo,

hediendo a Polifemos estantíos,

coturnos tenebrosos y sombríos,

y con tufo tan vil de Soledades,

que para perfumarlas

y desengongorarla

de vapores tan crasos,

quemó como pastillas Garcilasos:

pues era con tu vaho el aposento

sombra del sol y tósigo del viento.

FRANCISCO DE QUEVEDO, Obra poética III (Parte I), Biblioteca clásica Castalia, Madrid, 2001, pág. 248
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Góngora sobre Lope de Vega

A ti, Lope de Vega, el elocuente,

repentino poeta acelerado;

morador de la fuente del Mercado

sustentado con sangre de inocente.

Hanme dicho que dices de repente,

y que de tu decir estás pagado,

y también que arrojas de pensado

coplones que caminan a los veinte.

Huélgome de ello, Lope, y gusto mucho

del rumbo que traéis y la braveza.

Sed buen hijo; serví a doña Fulana.

Que a fe de pobre, que lo que escucho

es murmurar de vos tanta pobreza

con vanagloria y presunción ufana.

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LUIS DE GÓNGORA, Góngora, Júcar, Madrid, 1982, pág. 94

Góngora sobre Lope de Vega

Por tu vida, Lopillo, que me borres las diez y nueve torres del escudo, porque aunque todas son de viento, dudo que tengas viento para tantas torres. ¡Válgante las de Arcadia! ¿No te corres de armar de un pavés noble a un pastor rudo? ¡Oh tronco de Nicol, Nabar barbudo! ¡Oh brazos Leganeses y Vinorres! No le dejéis en el blasón almena; vuelva a su oficio, y al rocín alado, en el teatro sáquele los reznos. No fabrique más torres sobre arena, si no es que ya, segunda vez casado, nos quiere hacer torres los torreznos. LUIS DE GÓNGORA, recogido por Ramón Gómez de la Serna en Quevedo, Espasa-Calpe, colección Austral, 1962, Madrid, pág. 91

Borges sobre Góngora


Sábado, 27 de febrero de 1982. Comen en casa Borges y Paz Leston. BORGES: "Estuve leyendo las Soledades y el Polifemo: son activamente feos. Leí todo Polifemo: es horrible. Góngora, en Polifemo, se especializa en la fealdad vistosa. Le gustan palabras como corcho, escamas, chupar, vomitar, nácar y perlas. Le gusta un sistema de balanzas con platillos que se estabilizan, bajan o suben: si dice que algo es noble, otro es humilde, esto blanco, esto negro, todo articulado por palabras como aunque, no tanto, sin embargo, no menos. Esto es un error: como la literatura es una máquina, debe ser clandestina, un poco misteriosa. El de Góngora es un mundo de mecanismos verbales. No imagina lo que dice y es esencialmente grosero: escribir que el agua del Nilo vomita riquezas es una grosería y una estupidez. ¿Cómo no advierte que ese verbo no le conviene? Quería usar palabras latinas, y eso le bastaba. La idea que tenía del ingenio era bastante rara. Cualquier oposición, negro-blanco, muerte-vida, lo atraía y le parecía ingeniosa. Dámaso Alonso ha prosificado Las soledades, es decir ha quebrado los hiperbata y ha restituido la sintaxis, sin advertir que dejaba en descubierto la pobreza mental de Góngora"


JORGE LUIS BORGES, recogido por Adolfo Bioy Casares en Borges, Destino, Barcelona, 2006, págs. 1567 y 1568.