(...) A lo último, era un hombre que tenía salvoconducto para hacer lo que le diera la gana.
En la época republicana se decía que era un comunista y se le hizo un homenaje como revolucionario, y el Gobierno rojo le daba una pensión a la viuda. En la época actual sería un tradicionalista. (...)
Tenía una serie de ambiciones completamente corrientes y burguesas: el entusiasmo aristocrático y el de la gloria que en él a la gente le parecía muy bien. (...)
Lo único que encontraba extraordinario en este escritor era el anhelo que tenía de perfección en su obra. (...)
Además de la antipatía física había entre nosotros una antipatía intelectual.
PÍO BAROJA, Opiniones y paradojas, Tusquets, Barcelona, 2000, selección de Miguel Sánchez-Ostiz, págs. 254 y 255