Paz sobre Neruda
A Neruda lo perjudicaron la ideología y la abundancia. La poderosa máquina de propaganda de los partidos comunistas y la influencia que tuvo durante la postguerra la ideología llamada de izquierda, lo convirtieron en una figura pública. Fue un ídolo o, más exactamente, un mito. Pero los mitos tienden fatalmente al estereotipo y Neruda no escapó a la estatua de cartón. En sí misma, la actividad política no tenía por qué haberlo dañado: pensemos en Milton o Victor Hugo. Pero Neruda no supo guardar las distancias con los jerarcas de su partido. Una actitud tan violentamente opuesta a la sociedad liberal capitalista como la suya, exigía cierta vigilancia crítica frente a sus correligionarios, especialmente ante la política de Stalin y sus sucesores. No fue así: Neruda fue un militante disciplinado, un creyente más que un partidario. Nunca fue una conciencia crítica, como no lo fueron tampoco Aragon, Éluard, Alberti, Brecht -aunque este último tuvo sobresaltos de conciencia al fin de sus días- y tantos otros. En cuanto a la abundancia: lo dañó porque le hizo confundir la facilidad con la inspiración. Fue admirado por la mayoría pero los lectores exigentes opusieron a ese entusiasmo irreflexivo una reticencia desdeñosa. Reticencia no siempre justificada. Neruda se quejó, con razón a veces, de la envidia de sus colegas.
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OCTAVIO PAZ, Poesía e historia: "Laurel" y nosotros, Obras completas II, Galaxia Gutenberg / Círculo de lectores, Barcelona, 2000, págs. 768 y 769