Umbral sobre Barral
BARRAL (Carlos). Editor catalán cuando Barcelona era la ciudad sagrada del antifranquismo. Poeta malo que lo sabía y bebía para olvidarlo. Prosista infame, en sus Memorias, que, entre el catalán, el francés y el castellano, no acierta un solo adjetivo.
Cuando su gloria de editor, hace una antología de la poesía moderna española ignorando a Juan Ramón. Esnobismo de señorito de Bocaccio, el otro, el bueno. Sus amigos en Madrid eran un señor llamado Goitia, ingeniero, y otros así. Promociona mediocres como García Hortelano, sabiendo que son mediocres, que es lo más grave. Jamás se interesó por Aldecoa, el gran escritor madrileño de izquierdas que había en la generación segunda de posguerra.
Manda traducir algunos franceses de moda, segundones, como André-Pierre de Mandiarges, que hace porno fino. El bueno de Seix-Barral era Víctor Seix, pero lo mató un tranvía en la Feria del Libro de Frankfurt. Barral tiene en su poder el manuscrito de Cien Años de Soledad y se lo devuelve a García Márquez por malo.
Iba de marinero sin yate y de bebedor sin oficio. Un día me dijo:
–Me han puesto una cosa en la espalda para que no beba. Si bebo un trago me muero. Pero estoy deseando que me lo quiten para beber.
Se lo quitaron, bebió y se murió. Son una generación quemada por el alcohol, que ni siquiera llegó a generación, pero que hicieron un antifranquismo gótico, clásico, mercantil, industrial, entre un Gaudí y un Miró traicionados. Barral, en realidad, no murió de whisky, sino de Franco. Su razón de ser, de estar, de existir, de funcionar, era Franco.
Con Franco muerto se quedaron sin musa y hasta sin editorial. Barral llegó a mezclar a Cortázar con latinochés tercerones, en los carteles, por venderlo todo. Y cuarterones.
Era tan guapo que hasta iba de guapo, lo cual resulta entre conmovedor y Muerte en Venecia, a sus años, sus últimos años. Sus lloranderas macho también se murieron en seguida. Gorra marinera, chaqueta marinera, un yate ideal anclado en el asfalto de Pedralbes. Un Visconti malo. Despreciaba por franquistas los valores madrileños de izquierdas, salvo los que se le vendían, como Hortelano. Saltó del compromiso social a la novela mágica y lírica sin transición ni culpa. No era un editor que crease modas, sino que las seguía.
Crucial para nuestra pobre literatura de entonces. Pero le devolvió a García Márquez el manuscrito de Cien años de soledad.
FRANCISCO UMBRAL, Diccionario de literatura, Planeta, Barcelona, 1997, págs. 42 y 43