Cabrera Infante sobre Barral

Puedo asegurar a los lectores que la libertad tiene más riesgos que la servidumbre. Uno de sus peligros es saber que libertad de palabra puede significar esclavitud de imprenta. No lo digo por los gajes de oficio de hombre libre, que alejan del destino literario como la velocidad acerca el punto de llegada: en razón inversa. Digo la ausencia de una imprenta libre. Eso que Alejo Carpentier expresó con esprit (y acento) francés: “¿Asilarme en Francia? ¡Idiota! ¡Como si yo no supiera que el escritor que se pelea con la izquierda está perdido!”.

El Teorema de Alejo fue resuelto días atrás por mi editor catalán. Carlos Barral leyó mi entrevista para escribirme una carta que quiere ser insultante y es solamente torpe. Más que torpe, ebria de celo revolucionario. Este jefe (de empresa) que ha decidido defender el comunismo en la Muy Fiel Isla de Cuba hasta la última peseta ajena y hasta el último cubano, descubría que mi inglés es “de inmigrante” (no lo será así que pasen cinco años: será entonces inglés “de naturalizado”) en el mismo párrafo que escribía Topica en vez de Topeka! Ésta es la última carta que me escribirá Barral, como Tres tristes tigres fue mi primer y último libro para (Seix-) Barral, el sentimiento de asco es mutuo. Pero quiero tocar esa viscosidad ahora para citar el final que es una coda: “Comunico esta carta... a la Casa de las Américas, a los que seguramente extrañaría mi silencio”. Una vez más tiene razón Orwell: “No hay que vivir en un país totalitario para dejarse corromper por el totalitarismo”.

GUILLERMO CABRERA INFANTE, Mea Cuba, Alfaguara, 1999, Madrid, págs. 44 y 45.