Abreu sobre Sartre
Pero no he acabado con Sartre. Sartre era pequeño, feo (muy feo) y no se bañaba nunca. Siempre he pensado que el título de su novela filosófica La náusea se le ocurrió un día en que se olió los sobacos. También era un borracho de cuidado. Durante la ocupación nazi, mientras otros intelectuales como Malraux y jóvenes valientes como Lanzmann se enfrentaban a la Gestapo, Sartre estrenaba sus obras que siempre eran bien recibidas por los intelectuales y académicos nazis.
Sartre era bastante mentiroso. Y escribía cursiladas rimbombantes desde muy joven. Estaba convencido de que cualquier cagarruta engolada que soltaba (y las soltaba a toneladas) definiría el curso de la Humanidad.
Sartre inventó el existencialismo, pero nunca lo practicó. No escribió una palabra ni alzó un dedo contra la persecución y deportación de los judíos franceses. De mayorcito se dedicó a predicar la violencia y el asesinato, cómodamente instalado en su sofá, bebiendo whisky.
Sartre era un genio de la autopromoción. Adoptó a Simone de Beauvoir, que era más inteligente, mejor filósofo, mejor escritora y varios centímetros más alta. Beauvoir ha pasado a la historia como el apéndice de Sartre. Toda su vida fue poco más que una esclava de Sartre. ¡Y eso que era feminista!
Sartre tuvo un montón de amantes. Eso dice mucho acerca del mal gusto de las mujeres francesas. Sartre era un burgués que odiaba a los burgueses. Además, stalinista. Le hizo la guerra a Camus porque Camus era guapo y él feo (muy feo), pero también porque Camus se atrevió a criticar a Stalin. ¡A Papaíto Stalin!
Sobre Fidel Castro, dijo Sartre: “El país que ha salido de la Revolución cubana es una democracia directa”.
Sartre era un enano feo (muy feo) y frívolo que hablaba y escribía sin parar. Hasta que un buen día murió y el mundo quedó libre de su cháchara.