Baroja sobre Mallarmé
Yo le oí varias veces a Gustavo Kahn ejercer de pontífice explicando lo que era y lo que debía ser la poesía del tiempo.
Creo que las tesis contrarias a las suyas se podían defender con motivos parecidos. Todo lo que decía este pequeño judío engreído y soberbio tenía el mismo aire de petulancia.
Mallarmé, defensor del simbolismo, era seguramente hombre para quien la poesía debía de ser complicada y hermética. Lo sencillo, sin duda, no le gustaba.
Algunos dicen que hay que leer a este poeta simbolista buscando la sonoridad y el valor musical de las palabras. Entonces no puede ser estimado más que por los franceses. Tampoco yo he comprendido bien el valor literario de Paul Valéry, y supongo que para comprenderle habrá que saber muy bien el francés literario.
A mí, los versos de Mallarmé no me han entretenido nada. Algunos me han dicho: "Hay que leerlos despacio. Hay que profundizar su sentido musical". Y ¿para qué? Yo comprendo que se profundice el estudio de algo que le puede ser útil o agradable a uno; pero profundizar el estudio de lo que no le sirve para nada me parece demasiado heroísmo.
Comprendo que un filósofo estudie a Kant, que un físico estudie a Einstein; pero ¿estudiar a Mallarmé? ¿Con qué objeto? ¿Para hacer luego unos versos que nos los entienda nadie? Me parece demasiada abnegación para tan poca cosa.
Yo conocí, como he dicho antes en estas Memorias, a un discípulo predilecto de Mallarmé, a Charles Morice. Hablé con él dos veces: en un banquete de una cervecería de los grandes bulevares, cerca de la puerta de Saint-Denis, y luego en casa de una señora francesa. Debió de morir poco tiempo después. En ninguna de las dos veces que le oí hablar le entendí.
Me pareció complicado y nebuloso, como si no tuviera en la cabeza los mismos conceptos que los demás.
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PÍO BAROJA, Desde la última vuelta del camino II, Tusquets, Barcelona, 2006, págs. 465 y 466