Buñuel sobre Lorca
Entre 1925 y 1929 volví varias veces a España y vi a mis amigos de la Residencia. Durante uno de aquellos viajes, Dalí me anunció, entusiasmado, que Lorca había escrito una obra magnífica, Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín.
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-Tengo que leértela.
Federico se mostró reticente. Con frecuencia, y no sin razón, consideraba que yo era demasiado elemental, demasiado rústico, para apreciar la sutileza de la literatura dramática. Un día en que iba a casa de no sé qué aristócrata, incluso se negó a que yo le acompañara. De todos modos, ante la insistencia de Dalí, accedió a leerme la obra. Los tres nos reunimos en el bar del sótano del "Hotel Nacional" que tenía tabiques de madera formando compartimentos como los de algunas cervecerías de la Europa Central.
Lorca empezó la lectura. Como ya he dicho, leía admirablemente. Sin embargo, había algo que me desagradaba en aquella historia del viejo y la muchacha que, al final del primer acto, terminan en una cama con dosel y cortinas. Entonces, de la concha del apuntador sale un gnomo que dice: "Pues bien, respetable público, entonces don Perlimplín y Belisa...".
Yo interrumpo la lectura dando una palmada en la mesa y digo:
-Basta, Federico. Es una mierda.
Él palidece, cierra el manuscrito y mira a Dalí. Éste, con su vozarrón, corrobora:
-Buñuel tiene razón. Es una mierda.
No llegué a saber cómo terminaba la obra. Tengo que confesar aquí que la admiración que me merece el teatro de Lorca es más bien escasa. Su vida y su personalidad superaban con mucho a su obra, que me parece a menudo retórica y amanerada.
Algún tiempo después, asistí al estreno de Yerma en el Teatro Español de Madrid, con mi madre, mi hermana Conchita y su marido. Aquella noche, me atormentaba de tal modo la ciática que tenía que estar con la pierna extendida sobre un taburete, en un palco. Se levanta el telón: un pastor cruza la escena muy despacio, para que le dé tiempo de recitar una larga poesía. Lleva en las pantorrillas pieles de cordero atadas con tiras de cuero. No acaba. Yo, impaciente, procuro resistir. Van sucediéndose las escenas. Empieza el tercer acto. Unas lavanderas lavan la ropa junto al decorado de un arroyo. Al oír unos cascabeles, exclaman: "¡El rebaño! ¡Viene el rebaño!".
En el fondo de la sala, dos acomodadoras hacer sonar unos cascabeles. El todo Madrid encontraba muy original y moderna esta presentación. A mí me irritó vivamente y salí del teatro apoyándome en mi hermana.
Mi paso al surrealismo me había alejado -y así me mantendría durante mucho tiempo- de esta pretendida "vanguardia".
LUIS BUÑUEL, Mi último suspiro, Mondadori, Barcelona, 1982, págs. 115 y 116. Traducción de Ana Mª de la Fuente