Quasimodo sobre Gabriela Mistral
.
El Salvatore que acababa de entrar era Salvatore Quasimodo. A decir verdad, de entre su producción poética me gustaban más las traducciones de las Églogas de Virgilio, derroche de gracia y perfección, que sus obras personales. "Dentro de un año -le dijo Quasimodo a Silvio- me tratarás mejor porque me habrán dado el Premio Nobel". "Caramba -dije yo-, ¿en qué cálculo se basa para estar tan seguro?". "Muy sencillo -explicó-. Después del escándalo Pasternak (el escritor ruso inconformista a quien las autoridades soviéticas habían obligado en 1958 a renunciar al premio porque no formaba parte de la nomenklatura de los plumíferos oficiales del partido) los cobardes de la academia sueca, temerosos de que pudiera suponerse que habían recompensado a Pasternak por anticomunista, se sentirán obligados a dar un premio a un comunista. Por otro lado, está claro que esta vez le toca a Italia. Ya era hora, porque el último escritor italiano galardonado fue Pirandello en 1934. La equidad impondrá a un italiano. Por último, desde la guerra los poetas están vergonzosamente ausentes en la lista de los laureados; dos de quince, creo: T. S. Eliot y Juan Ramón Jiménez. Sin contar a la pánfila de Gabriela Mistral, la chilena, falsa poeta que birló el premio creo que en 1945 -masculló el maestro con galante desprecio-. Deduzcan ustedes mismos: el siguiente premiado será seguramente italiano, poeta y comunista. Y hoy día soy el único individuo en el mundo que cumple esas tres condiciones. Y veterano: tengo el carné del PCI desde 1945".
Dos horas después Silvio y yo, en la Trattoria degli Orti Oricellari, después de un abundantefritto misto all`italiana fuimos recompensados por nuestras felicitaciones anticipadas y por haber lisonjeado su vanidad durante todo el almuerzo, pues empezó a gastar su futura fortuna pagando con ademán magnánimo la respetable cuenta, que solíamos repartirnos. Antes de separarnos Loffredo y yo nos reímos de nuestra hazaña, haber conseguido a base de adulaciones que el poeta revelara una desconocida faceta rumbosa. De haber adivinado el futuro hubiéramos pedido platos y vinos más caros, ¡porque el muy granuja ganó al año siguiente el premio Nobel de Literatura!
JEAN-FRANÇOIS REVEL, Memorias. El ladrón en la casa vacía, Gota a gota, Madrid, 2007, págs. 449 y 450. Traducción de Juan Antonio Vivanco Gefaell.