Revel sobre Sartre

Fue en 1952 cuando Sartre se hizo compañero de viaje del comunismo internacional. Su conversión tuvo lugar en el Consejo Mundial por la Paz, celebrado en Viena en diciembre de 1952. Eligió mal el momento: justo al lado, en Praga, ejecutaban a Slansky y sus once compañeros acusados de “traición” y condenados a muerte después de un juicio amañado. Bien es cierto que Sartre justificó retroactivamente los procesos de Moscú de 1937 al escribir en su libro sobre Jean Genet que Bujarin, célebre víctima de esas comedias judiciales, era “objetivamente un traidor”. Aquello era rebajarse a la peor jerga totalitaria. ¿Se le puede perdonar a él, que había dicho: “El escritor está en el ajo haga lo que haga, marcado, comprometido, hasta en su retiro más alejado”? En 1954, de vuelta de la URSS, declara a Libération, el periódico “compañero de viaje” de D’Astier, que en la Unión Soviética hay “libertad total de crítica”. En 1990 uno de sus turiferarios oficiales osa disculpar esta frase diciendo que el escritor estaba enfermo cuando la pronunció. ¡Lamentable evasiva! ¿Cabe imaginar a Newton diciendo que la Tierra es plana porque tiene un cólico hepático? No, Sartre había entrado en la lógica de la mentira totalitaria. Todavía en 1973 declara a la revista Actuel: “Un régimen revolucionario debe librarse de cierto número de individuos que lo amenazan, y no veo otro medio que la muerte. De la cárcel siempre se puede salir. Los revolucionarios de 1793 probablemente no mataron bastante”. Por eso aprobaba a Mao, a Castro, grandes asesinos, a la banda de Baader, a las Brigadas Rojas, todos los terrorismos y todos los despotismos dirigidos contra las democracias, siempre que emanasen de la izquierda. Porque en realidad Sartre era lo contrario de un demócrata. En 1973 tituló un artículo: “Elecciones, trampa para bobos”, recuperando el estúpido lema de mayo del 68. Defendía con toda la fuerza de su pensamiento el principio según el cual la revolución debe hacerla una minoría selecta de profesionales. Se ve claramente en un texto suyo sobre el informe Kruschev escrito en el momento de la rebelión húngara (L’Express, 11 de noviembre de 1956): “El mayor error ha sido probablemente el informe Jruschov, porque a mi juicio la denuncia pública y solemne, la exposición detallada de todos los crímenes de un personaje sagrado, que representó al régimen durante tanto tiempo, es una locura cuando no hay una elevación previa y considerable del nivel de vida de la población que permita esa franqueza”. De modo que según Sartre hay que ocultar la verdad histórica al pueblo porque pasa hambre. Los que tienen el derecho, qué digo, el deber de hacerlo son los mismos dirigentes que lo matan de hambre. Por otro lado, este razonamiento se basa en un postulado moral que rezuma inmundicia: según Sartre la conciencia humana soporta serenamente la revelación de los crímenes cometidos por un jefe de Estado cuando se ha producido “una elevación previa y considerable del nivel de vida”. Lástima que el maestro no fijara con más precisión la renta anual per cápita a partir de la cual se extingue la indignación ante el genocidio. ¿6.000 dólares? ¿4.500? ¿11.375? ¿Contando o sin contar los impuestos? Sartre fue la encarnación suprema del desastre cultural francés de posguerra. ¿Por qué el escritor francés más representativo de los años cincuenta y sesenta odió la libertad, él que era el filósofo de la libertad? ¿Por qué ese pensador tan inteligente aprobó la noche intelectual? ¿Por qué el fundador de la famosa revista Les Temps Modernes aduló las antiguallas utópicas y asesinas de los tiempos pasados? ¿Por qué un razonador tan hábil, un rebelde tan desconfiado, se dejó engañar tan tontamente por nuestro siglo de mentiras? En vez de esquivar las pequeñas realidades, más le hubiera valido tratar de explicarlas. Porque el problema no son únicamente las aberraciones de un hombre, sino las de toda una cultura. JEAN-FRANÇOIS REVEL, Memorias. El ladrón en la casa vacía, Gota a gota, Madrid, 2007, págs. 402 y 403. Traducción de Juan Antonio Vivanco Gefaell