Umbral sobre Ayala

Cuando vino Ayala vi que era una sombra de hombre, una sombra de voz, una sombra de escritor. Me contó que era el profesor mejor pagado de Estados Unidos, en Chicago, y lo conté en los periódicos, pero esto le pareció muy mal. Se conoce que tenía el rubor fiscal de su dinero. Las Historias de macacos y La cabeza del cordero son libros directamente ilegibles, las obras letárgicas de un sociólogo cuya sociología está ya muy pasada. Vivía en un piso espacioso y vacío de Marqués de Cubas, con una mujer oscura, quizá mulata, silenciosa y mucho más joven que él, aunque madura. Nunca le he visto lucirla en sociedad. Ayala es la mínima cantidad de escritor que puede darse en un escritor. Le han otorgado los premios y academias de rigor, pero sólo tiene algún seguidor de buena voluntad, como Andrés Amorós. Por sus artículos en la prensa madrileña veo que Ayala sigue sin tener nada que decir. Es un maestro de la obviedad y la prosa gris. Pienso que no es mala persona, pero, pese a haber vivido en Estados Unidos, lo que tiene es un acento de cronopio y de fama, una cosa orillera y borgiana en pobre, una cosa de estanciero de la literatura con los ojos rasgados y el bigote de ceniza. FRANCISCO UMBRAL, Las palabras de la tribu, Planeta, Barcelona, 1994, págs. 327 y 328