En 1960 Neruda había visitado La Habana. No lo conocía personalmente. Pese a mi admiración por su obra, la timidez juvenil me impidió acercármele. Recuerdo haberlo entrevisto de lejos en un cóctel en la revista Bohemia. Sus majaderías usuales, sus actitudes inconvenientes que lo llevaron a ser ofensivo en ocasiones, quizá sin proponérselo, no dejaron el mejor recuerdo. En los medios culturales nos sentíamos perplejos por la candidez con que Neruda se había dejado utilizar en un instante de emergencia. Intercambiábamos estas inquietudes en nuestros diálogos. De una reunión entre Guillén, Pita, Portuondo, Retamar, Desnoes, Fornet y yo, Nicolás nos planteó la idea, que le había sido sugerida a su vez por el presidente Osvaldo Dorticós, de escribir una carta abierta a Neruda para advertirle la repercusión que podía tener en América su erróneo comportamiento. Neruda respondió con unas breves líneas pero no quiso asumir autocríticamente el cordial llamado. No perdonó. Alentó, desde entonces, un oscuro resentimiento, que emergió en sus memorias. Después se urdieron muchas interpretaciones tendenciosas para velar el verdadero sentido de nuestra carta. Se adujo que habíamos criticado a Neruda por visitar Estados Unidos, con el objetivo de presentar nuestra posición en un infantilista extremismo antinorteamericano; que lo censuramos por estar presente en la congregación del PEN, lo cual también era absurdo; que habíamos pretendido dar lecciones de ética a uno de los gigantes de la literatura latinoamericana, etc. Sólo nos interesó la rectificación de un desvío que podía ser muy dañino en un momento crítico de la historia americana. Nunca respondimos a nuestros acusadores. No valía la pena.
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LISANDRO OTERO, Llover sobre mojado, Ediciones Libertarias, 1999, págs. 199-200