Montaigne sobre Cicerón

Su manera de escribir me parece pesada, lo mismo que cualquiera otra que se la asemeje: sus prefacios, definiciones, divisiones y etimologías consumen la mayor parte de su obra, y la médula, lo que hay de vivo y provechoso, queda ahogado por aprestos tan dilatados... Para mí, que no trato de aumentar mi elocuencia ni mi saber, tales procedimientos lógicos y aristotélicos son inadecuados; yo quiero que se entre desde luego en materia, sin rodeos ni circunloquios... Lo que yo busco son razones firmes y sólidas que me enseñen desde luego a sostener mi fortaleza, no sutilezas gramaticales; la ingeniosa contextura de palabras y argumentaciones para nada me sirve. Quiero razonamientos que descarguen desde luego sobre lo más difícil de la duda; los de Cicerón languidecen alrededor del asunto: son útiles para la discusión, el foro o el púlpito, donde nos queda el tiempo necesario para dormitar y dar un cuarto de hora después de comenzada la oración con el hilo del discurso. Así se habla a los jueces, cuya voluntad quiere ganarse con razón o sin ella, a los niños y al vulgo, ante quienes todo debe explayarse con objeto de ver lo que produce mayor efecto.

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MICHEL DE MONTAIGNE, Ensayos, Biblioteca Virtual Cervantes, edición de Constantino Román y Salamero