La fascinación que dominaba a la generación estructuralista, cegada por su ridículo rechazo del individuo, su repugnancia por el autor, su culto religioso del texto por sí mismo, su negación de la historia, y por tanto del contexto, la ha llevado a confluir en una religión del lenguaje, perjudicial para la inteligencia.
MICHEL ONFRAY, Los ultras de las Luces, Anagrama, Barcelona, 2010, traducción de Marco Aurelio Galmarini, pág. 277