Releer Rebelión en la granja o 1984 prueba, en efecto, que Orwell no fue un gran novelista. Pero nunca pretendió serlo. Si sus primeras novelas son francamente desastrosas, muchísimas de sus páginas críticas y periodísticas, para no hablar de Homenaje a Cataluña, obra maestra de la prosa inglesa, son canónicas. Hitchens dice, con razón, que Orwell es uno de los pocos escritores de su tiempo cuya frecuentación causa una continua y agradecida admiración. Orwell fue ese hijo de la literatura política de los años treinta que decidió poner al servicio de la imaginación liberal el arsenal didáctico que los comunistas utilizaban para imponer el realismo socialista.
Para la tradición francesa, el que Maurice Barrès o Romain Rolland hayan sido escritores menores es casi un tinte de gloria, dada la fascinante y horrorosa grandeza de sus compromisos políticos, en la Acción Francesa o en el Partido Comunista. En cambio, entre los anglosajones, la supuesta mediocridad literaria de Orwell provoca una puritana resignación, como si el hecho de que la obra de un gran hombre no se refleje en sus páginas fuese una paradoja calvinista ante la cual es imposible rebelarse. Tal pareciese que, en el ámbito protestante y anglicano, donde no hay veneración de los santos o ésta es secundaria, casi vergonzante, Orwell ocupara el sitio de un santón laico a quien hay que justificar por haber cometido pecados veniales, como escribir malas novelas. Y cuando se acusó, recientemente, a Orwell de haber proporcionado una escueta lista de escritores comunistas a los servicios de inteligencia británicos en los albores de la Guerra Fría, lo que de ser cierto sería una trivialidad en Francia, la discusión en Inglaterra fue angustiosa: Saint George estaba a punto de ser bajado de los altares otra vez.
CHRISTOPHER DOMÍNGUEZ MICHAEL, George Orwell, la santidad controvertida, Letras Libres, junio 2003. Todo el artículo AQUÍ