Del Mar, California
No he respondido a su carta del 7 de julio antes de ahora porque estaba de vacaciones y justo ahora me pongo a responder el correo que se ha acumulado durante este verano.
Lo que decía en mis comentarios sobre los poetas no pretendía ser una queja porque los poetas modernos no muestren interés por la física moderna; de lo que me quejaba era de que no muestran un aprecio emocional por los aspectos de la Naturaleza que se han revelado en los últimos cuatrocientos años.
El poema del señor Auden sólo confirma esta falta de respuesta a las maravillas de la Naturaleza pues él mismo dice que le gustaría saber más claramente "para qué qué queremos el conocimiento". Lo queremos para poder amar más a la Naturaleza. ¿No daría vueltas a una bella flor en su mano para verla también desde otras perspectivas?
Por supuesto, los hombres también buscan el conocimiento con muchos otros fines, para hacer la guerra, para tener un éxito comercial, para ayudar a los enfermos o a los pobres, etc., motivos con diversos valores. Los poetas entienden estos motivos obvios y sus consecuencias y escriben sobre ellos. Pero las emociones de asombro, maravilla, deleite y amor que experimentan al descubrir cómo trabaja la naturaleza en los mundos animado e inanimado, raramente se expresan juntos (pues son sólo uno) en la poesía moderna donde el aspecto de la Naturaleza que hay que apreciar es el que podría haber sido conocido para los hombres del Renacimiento.
Y la insensibilidad de nuestra época, tan lamentada, es una insensibilidad que sólo puede ser aliviada por el arte, y desde luego no por la ciencia sin arte. El arte y la poesía pueden evocar la belleza y hacer poco a poco la vida más bella.
Lo que lamento es que el tipo de belleza intensa que veo que me da la ciencia, sólo lo ven otros pocos; pocos poetas y, por lo tanto, aún menos personas corrientes.
Por otra parte, quizá usted tenga razón, porque yo he leído muy poco. Pero al menos el ejemplo que usted adjunta sólo confirma mi idea; pues un poeta moderno está confesando directamente que no entiende el valor emocional del conocimiento de la Naturaleza.
Atentamente,
Richard P. Feynman
RICHARD P. FEYNMAN, ¡Ojalá lo supiera!, Crítica SL, Barcelona, 2005, págs. 249 y 250, traducción de Javier García Sanz