Cuando se publicaron las obras de Anatole France, la voz de la Iglesia, por medio de uno de sus Prelados, puso los puntos sobre las íes, advirtiendo que no se podían leer, que los católicos no las podían leer. Ahora, al divulgarse que van a ser publicadas las de Baroja, Signo, el gran semanario católico, se pone en guardia y, como advertencia seria para los despreocupados, y para los que sólo ven gloria donde también apesta el cieno, con el título “Ya hizo harto daño”, publica lo siguiente:
"Se anuncia la edición de las obras completas de Pío Baroja. Con este motivo, limpias resmas de papel van a ser embadurnadas con frases como éstas:
«No debe rebajarse al gran Nietzsche comparándolo con Buda o con Cristo, porque estos miserables produjeron la caída del mundo.»
«Indudablemente, España es el país más imbécil del orbe.» (Camino de perfección, pág. 222.)
«El Sagrado Corazón de Jesús es un símbolo de brutalidad nacional.» (Camino de perfección, pág. 70.)
«Cristo es un miserable que produjo la decadencia de la Humanidad.» (Camino de perfección, pág. 77.)
«En general, los personajes bíblicos me parecen unos perfectos miserables.» (Horas solitarias.)
«El libro de los Ejercicios, de San Ignacio, es la producción de un pobre fanático, ignorante y supersticioso. Así no se podían tener sino ideas mezquinas, bajas, ideas sencillamente católicas.» (Camino de perfección)
«Juliano, el apóstata, fué admirable, bueno -mató a su madre-, generoso, valiente, lleno de virtudes; pero los cristianos necesitaban calumniarle, y le calumniaron.» (César, o nada)
«¡Fuera escrúpulos! La moral es una estupidez. Satisfacer su ansia, dejarse llevar por un instinto es más moral que contrariarlo.» (Camino de perfección, págs. 138 y 158.)
Después, el periódico agrega por su cuenta: «A estas blasfemias se sumarán otras muchas, concebidas en el fondo oscuro de un corazón viejo, insatisfecho y cargado, que ya hizo harto daño a pasadas generaciones, y no tiene derecho a manchar el alma de una generación heroica que se esfuerza por seguir en el camino de la virtud. En servir a Dios y a la Patria, que tan malparados quedan en la despreciable prosa del barbudo impío».
Todo este florilegio, que podía ser aumentado considerablemente con frases barojianas como éstas: «Los escolapios tienen allí un colegio y contribuyen con su educación a embrutecer lentamente el pueblo». «El Cardenal Arzobispo de Toledo era un majadero». «Este Arzobispo sería capaz de hacer independiente de Roma la Iglesia española y erigirse en Papa». «Si el cura ha faltado, lo procesan y lo llevan a presidio». «Los curas de Toledo, la mayoría de ellos, con sus barraganas, pasan la vida desde la iglesia al café… y, para apaciguar a Dios, unos cuantos canónigos cantando a voz en grito en el coro, mientras hacía la digestión de la comida abundante, servida por alguna buena hembra». «Me tiene usted que confesar, don Manuel –dijo la patrona. –No –contestó el cura–. No tengo ganas de mancharme el alma». «El otro cura era distinto, era un volteriano. La idea del arte había sustituido en él toda idea religiosa»
Y así mil frases más. Todo este florilegio lo puede colocar el editor en la entrada de las obras completas que van a editarse para satisfacción de los que, con el escapulario al cuello y rezando el Rosario, salieron a la Cruzada.
Porque Baroja, al amparo de una libertad que le permitía decir “todo eso” que queda copiado, y lo que no puede copiarse por repugnante y asqueroso, se ha desahogado constantemente en sus libros, como cualquiera otro ejemplar se puede desahogar de otra manera. La cosa era soltar basura que, además, se calificaba de obra admirable. Soltar basura e insultar a los que no habían de romper la cara. Porque Baroja podrá decir que las ideas católicas son mezquinas y bajas; que Juliano, el apóstata, fue un valiente…, porque mata a su madre; que los personajes bíblicos le parecen unos miserables; que San Ignacio fue un vasco obtuso e ignorante, y que dejarse llevar por un instinto es más moral que contrariarlo… Pero, si el 21 de julio de 1930 los requetés del Tercio Lácar, que le detuvieron -porque salió a su encuentro a reírse de ellos, como había calumniado a sus padres y abuelos-, le hubiesen atendido y se hubieran dejado llevar por el instinto… Pero sus instintos, que él los había ofendido, fueron otros y le perdonaron para que se arrepintiese. A los pocos días se fue a Francia. Desde allí los volvió a insultar en un artículo que lo reprodujo la Prensa roja, mientras aquellos requetés luchaban y morían para prepararle una España en paz, a la que pudiese volver cuando quisiera para publicar sus obras y recopilar sus blasfemias, sus ofensas y sus insultos. SAB.»
ANTONIO GARMENDIA DE OTAOLA, Lecturas buenas y malas a la luz del dogma y la moral, El Mensajero del Corazón de Jesús, 1949, extraído del blog Bremaneur (AQUÍ)