Cuando empleo una hora en leer a Cicerón –lo que es mucho para mí– y luego quiero recordar el jugo y la sustancia sacados, hallo que casi todo es viento, porque aún no ha llegado el autor a los argumentos que sirven a su propósito y a las razones que afectan propiamente a la clave que busca. […] Deseo que se empiece por el punto extremo y, como entiendo muy bien lo que son la Muerte y la Voluptuosidad, no me place que se entretengan en desmenuzarlas. No me place que se procure despertar mi atención, ni que se me grite cincuenta veces: «¡Oíd!,» al estilo de nuestros heraldos. Los romanos decían en su religión: «Hoc age,» y nosotros, en la nuestra, «Súrsum corda»; pero todo ello son palabras perdidas para mí, que ya estoy preparado sin exordio. No necesito aperitivo ni salsa; que me gusta la carne sin aderezos. En vez de aguzarme el apetito con esos preparativos y manejos, me lo cansan y marchitan.
[…] Por juicio común sé que Cicerón, aparte de su ciencia, no tenía gran excelencia en su alma. Era ciudadano probo y de carácter bondadoso, según suelen serlo los hombres gordos y robustos como él era; pero no será mentir decir que poseía en abundancia molicie y vanidad ambiciosa. Si se quiere excusarle de haber resuelto publicar sus versos, adviértase que hacer versos malos no es de gran imperfección, pero sí lo fue no reparar en que eran indignos de la gloria de su nombre. Su elocuencia, desde luego, rayó en incomparable y no creo que nadie le iguale en ello nunca. Cicerón el Joven, que sólo en el nombre se pareció a su padre, hallóse un día, mandando en Asia, sentado a una mesa con varios extraños, y entre otros Cestio, que estaba sentado en el opuesto extremo. Cicerón preguntó a uno de los suyos quién era aquel comensal y se le dijo su nombre; pero, como hombre que siempre andaba perdido en imaginaciones, lo volvió a preguntar tres o cuatro veces. El servidor, para no tener que andar diciéndole lo mismo tan a menudo, quiso distinguir a Cestio con alguna peculiaridad que no le hiciese olvidable, y dijo: «Es ese Cestio de quien se cuenta que no da gran valor a la elocuencia de tu padre, a causa del mérito de la suya.» Picado de esto, Cicerón mandó que prendieran al pobre Cestio y le azotaran en su presencia. ¡Descortés anfitrión en verdad! Los mismos que han estimado la sin par elocuencia de Cicerón el Viejo, no han dejado de observar sus faltas. El gran Bruto, su amigo, decía que su elocuencia era rota y fatigosa: «fractam et elumben» Los oradores de su siglo censuraban también en Cicerón aquel minucioso cuidado de poner cierta larga cadencia al final de sus cláusulas, y señalaban las palabras esse videatur empleadas por él con tanta frecuencia. Por mi parte prefiero una cadencia más corta. Y un pasaje ciceroniano que suele impresionar mis oídos es éste: Ego me minus diu senem esse malem, quam esse senem antequam Essen [Preferiría ser viejo durante menos tiempo a envejecer antes de la vejez].
MICHEL DE MONTAIGNE, De los libros, Ensayos Completos, Libro II, editorial Porrúa, México, 1999, traducción de Juan G. de Luaces, págs. 342-344.