Ha venido para presentar sus lacrimógenas memorias, que están al caer (de un burro, claro), y ha dicho una tontería detrás de otra. Las mismas, más o menos, que desgrana, ávido de royalties, en ese libelo inmundo –¡Indignaos!– cuya dimensión intelectual es la del vacío absoluto. Si yo fuese su editor le pondría un subtítulo: “De cómo no decir nada en veintiocho páginas”. Son las que tiene.
Se está forrando, eso sí… Encadena los libelos –creo que ya lleva tres– y los vende como si fueran churros (lo son) o rosquillas tontas del santo (por tal se despacha él).
¿Quiénes los leen? Nadie. Lo he comprobado. Sus seguidores son asnalfabetos –la segunda ese no es una errata– y es, por otra parte, imposible hincar el diente en el vacío.
¿Quiénes los compran? Los que no leen, que son legión.
Dirán que insulto… Es cierto, pero no fui yo quien desenfundó primero, sino él, pues insulto a la inteligencia es cuanto escribe. Quien insulta a un insultón tiene cien años de perdón.
En el currículo del vivales figura, entre otras lindezas, el excelso logro de haber contribuido a la puesta en marcha de la ONU, ese organismo inútil (en el mejor de los casos) o dañino (en el peor) que se dedica a propagar la cocaína, la heroína, el sida, el cólera, la cólera, el alcohol, la prostitución y la tortura en todos los países a los que envía misiones de pacificación. La gente que los sufre, sin distinción de credo, ideas y color de la piel, odia a los cascos azules allí donde éstos llegan. ¿Por qué será?
Sí, sí, ya sé que el libelista pirómano fue uno de los redactores de la Declaración de Derechos Humanos, otro libelo tópico y utópico que de nada sirve sin el correlato de una declaración paralela de los deberes humanos. Eso se les olvidó. Tampoco, seguramente, sabían que fue Roma, con el ius gentium o derecho de gentes, quien sentó las premisas de tan misericordiosa codificación. Que no presuman.
¡Y el tal Hessel, encima, va y dice que aprecia a Zapatero! Palabra. No lo invento. Debe de ser el único. Hay gente para todo.
Yo también quiero forrarme… Voy a escribir un libro en ciento cuarenta caracteres que resuman la historia universal.
Son muchos. Me sobran. Su texto dirá: “El mono se hizo hombre y éste necesitó varios millones de años para volver a su estado original”.
¿Anda algún editor por ahí?
FERNANDO SÁNCHEZ DRAGÓ, Un cretino en Madrid, blog Dragolandia, El Mundo, 2 de septiembre de 2011 (AQUÍ)