Tom Wolfe sobre Irving (2)

La última novela de Irving, Una mujer difícil (1996), hablaba de una pareja de escritores neuróticos que parecían incapaces de salir de su casa de Bridgehampton, Long Island. A medida que iba pasando las páginas, yo esperaban que tuvieran la bondad de salir, aunque sólo fuera una vez, aunque sólo fuera para dar un paseo por el pueblo; yo había estado allí, y no hay más que un par de calles que discurren junto a la autopista. En cierto punto de la narración, los dos... ¡finalmente salen de la casa! ¡Suben al coche! Mientras pasan por un pueblecillo cercano llamado Sagaponack, un encantador y elegante refugio rural -también he estado allí-, yo empiezo a rogar que se detengan, que por favor aparquen junto a los SUV y a los sedanes alemanes para tomar un refresco en el bar de Sagg Main, o que echen un vistazo, sólo un vistazo, al poni de exposición de ciento veinticinco mil dólares que está en los pastos de la Escuela de Equitación... que hagan algo -cualquier cosa- para demostrar que están conectados con el aquí y el ahora, que de verdad están donde el autor afirma que están, en Long Island, Estados Unidos. Mis ruegos son en vano: ellos continúan su camino, encerrados en su neurastenia, para desaparecer tras los muros de otra casa intemporal y abstracta...

TOM WOLFE, fragmento de Mis tres comparsas, recogido en El periodismo canalla y otros artículos, Ediciones B, 2001, Barcelona, traducción de Mª Eugenia Ciocchini, págs. 167 y 168.