Baroja ignoraba que la idea de romanticismo -la idea o la emoción-, de dramatismo o de lirismo, ha de obtenerla el lector misteriosamente, porque poesía es lo tácito, literatura es lo tácito; la emoción estética, literaria, es la emoción no nombrada. Baroja es un novelista remendón que no sabía nada de esto, claro. Noviembre en un gran parque siempre nos da, seamos poetas, pavos reales o guardas del parque, la impresión de que el mundo desfallece. En Baroja, pues, hay tópico conceptual y tópico expresivo. Aquel anciano era una cancioncilla ripiosa y con abrigo y boina, horrible boinilla.
Ruano, que tanto quería a Baroja, me lo dijo una vez:
-Desengáñese usted, Umbral: todo el que lleva boina es un hijo de puta.
Estaría pensando en algún lumpen lamerón y sisón. No en el proletariado de boina ni en su querido Baroja. Pero yo, con la ingenuidad insolente de la provincia, se lo dije:
-Baroja.
Me miró de golpe, con sus ojos saltantes, como pensando, joder con el muchachito, pero no dijo nada y siguió escribiendo.
En el Baroja que yo veía pasar por el Retiro había un panadero que panificaba libros de Caro Raggio, un anarquista de derechas y un señoruco que quedaba como de pueblo, paleto, no sólo en París, sino en Madrid. Todo sobrepuesto y mal encajado, como un paquete humano y literario mal hecho. Su último admirador fue Hemingway, que no sabía castellano y no se enteraba de lo mal que escribía el maestro. Leía sus novelas como si viera una película. Hemingway, que se había pasado la guerra en el Madrid rojo, en Chicote (un Chicote emparedado de sacos terreros que cerraban las ventanas a la Gran Vía), bebiendo ginebra y escribiendo crónicas del frente, volvió a la España de Franco y Antonio Ordóñez, como gran amigo de lo español. Luego se ha sabido que tanta amistad no era sino espionaje doble, escorado más bien a favor de la CIA. Al Régimen le interesaban aquellos últimos 98, Azorín y Baroja. Azorín era el orden y Baroja el aparente desorden. Dos pequeñoburgueses que redimían un poco con su individualismo, la regimentación de la vida española. Esas tardes del Retiro, en pleno mes de noviembre. Hay que joderse. Aquí es que se queda por cualquier cosa.
Hasta daban ganas de no quedar.
FRANCISCO UMBRAL, Trilogía de Madrid, Seix Barral, Barcelona, 1985, págs. 111 y 112