Tiempo de silencio es una parodia de la parodia. Ulises es la parodia elevada a gran género literario, la parodia universal de toda la cultura y la parodia incluso en el lenguaje en que está escrita. Tiempo de silencio es, a su vez, la parodia provinciana del Ulises, es decir, un subproducto que perplejizó a los antifranquistas de entonces que no habían leído a Joyce. Martín Santos hace su libro con aplicación, pero no con genio, como el irlandés.
En cuanto al mensaje (así se decía entonces) político, explícito ya desde el título, hoy nos resulta harto delicado, tímido, confuso, alegórico y remoto como para que pudiera inquietar ni a la mamá de don Juan Aparicio.
Se vivió largos años el mito, la clave y la consigna de Tiempo de silencio, cuya lectura a mí me resultó letárgica. El autor, que moriría tempranamente, en accidente, dejó otro libro paralelo que luego publicaron póstumamente sus amigos, con equivocada voluntad de enemigos, ya que en esta segunda novela falta el aseo de la primera y sólo quedan, agigantados, acrecidos, los defectos y disparates de Tiempo de silencio. Si el autor no publicó este segundo libro en vida, él sabría por qué, aunque creo recordar que la obra no está terminada.
Lo dijo Juan Ramón Jiménez, la gran lucidez lírica del siglo: "Maldito el que tire lo que yo recojo; maldito el que recoja lo que yo tiro." Malditos los que recogieron un libro impublicable que el muerto había dejado tirado.
Es el peligro de tener amigos fanáticos, parientes pobres o enemigos inversos.
Poco a poco se fue saliendo del tabú T/S para entrar en otros tabúes antifranquistas, o a la inversa, y estoy pensando en el caso de El Jarama, libro gramatical del que también se ocupa este diccionario. Nuestros intelectuales de Carabanchel, a medida que se hacían adultos, maduros, cultos, europeos, empezaron a desertar de Tiempo de silencio por la ingenuidad de su compromiso, la forzosidad de su escritura y el mimetismo insoportable del libro famoso ya mencionado. Para plagiar hay que ser asesino, y Martín Santos sólo era médico.
En un cuento de Aldecoa, de cinco páginas, había más literatura y más denuncia y resistencia que en toda la pedantería seudojoyceana de T/S, que además suma un tocho de ambición tipográfica semejante a su modelo. Un rector de facultad me reprochó, en una conferencia mía, no haber citado a Martín Santos. El tiempo parece que me ha dado la razón. O al menos se la ha quitado al rector. Oficio de rectores es equivocarse.
FRANCISCO UMBRAL, Diccionario de literatura, Planeta, Barcelona, 1997, para Ediciones de Bolsillo, págs. 163-165