Umbral sobre Vargas Llosa (2)

No vamos a caer ahora en historicismo, pero la Historia, por azarosa, juega a veces a la simetría: si a García Márquez le dieron el Nobel, a Vargas Llosa sólo se le puede compensar mediante la presidencia de su país. Suele entenderse que el escritor que se mete en política (como protagonista, no como testigo que etimológicamente es igual que mártir) se acaba como escritor. La sentencia me parece ruda y simple. Uno diría más bien que no es la política la que agota al escritor, sino que el escritor que se siente agotado se mete en política: se reafirma en otro terreno. La primera función de MVLL, La señorita de Tacna, era un engendro poslorquiano que sólo se redimía por los glúteos líricos y alvariños de Rosalía Dans. En cuanto a la segunda función de MVLL, remito al lector a nuestro crítico teatral de este periódico, maestro Haro Tecglen. Y, en cuanto a La guerra del fin del mundo, digo por mí mismo que es una mala versión realista y negativamente infinita de Dios y el Diablo en la Tierra del Sol, del gran cine brasileño. Y en cuanto a El hablador, vuelvo a remitir, al desocupado lector, a los jóvenes y cruentos críticos de este papel. Un gran escritor, en fin, emulsionado por la política, el poder o la ambición.

Hasta Madariaga, aquel retablo, advierte al escritor en general de los peligros de la política, aunque él cayera en todos. Vargas Llosa, Mario para los amigos, entre quienes no tengo el honor de contarme (no me fascinan los hombres morenos), empezó, como todo el boom, potenciado por la Historia y las historias, personalidad, vida y milagros de Fidel Castro, y ahora está en liberal proamericano. De la literatura española sólo le interesa Corín Tellado, y en su estudio sobre García Márquez sólo le encuentra al colombiano influencias nordeuropeas, ni una sola de España, en una obra escrita en español, y siendo tan visibles en GGM, Valle-Inclán y Gómez de la Serna. MVLL vivía en Barcelona, cuando entonces, porque Madrid era fascista. Tiempos, tiempos.

FRANCISCO UMBRAL, Mario, El País, 10 de abril de 1988. Todo el artículo AQUÍ