¿La raza blanca es el cáncer de la historia de la humanidad? ¿Quién era esa mujer? ¿Quién y qué? ¿Una antropóloga y epidemióloga? ¿Una reconocida autoridad en historia de las civilizaciones del mundo, una erudita con una capacidad de síntesis semejante a la de Max Weber, Joachim Wach, sir James Frazer o Arnod Toynbee? En realidad, sólo se trataba de otra escritorzuela que se pasaba la vida acudiendo a actos de protesta y subiendo con torpeza al estrado, pertrechada con su estilo prosístico, una mujer que tenía un adhesivo de aparcamiento preferente en Partisan Review. Acaso constituye un ejemplo excepcional para ilustrar la frase de McLuhan sobre el hecho de que la indignación confería dignidad al necio, pero, aparte de eso, era simplemente una intelectual estadounidense más de la posguerra.
Al fin y al cabo, tener siquiera una somera idea de aquello sobre lo cual se hablaba carecía de importancia. Ningún académico o científico merecía el calificativo de intelectual por el mero hecho de poseer conocimientos profundos en su materia. Buen ejemplo de ello fue Noam Chomsky, un brillante lingüista que postuló que el lenguaje es una estructura incorporada al sistema nervioso central del Homo sapiens, una teoría que los neurocientíficos han empezado a verificar recientemente, ya que hasta hace poco tiempo carecían de las herramientas necesarias para hacerlo. Sin embargo, Chomsky no fue un intelectual reconocido hasta que denunció la guerra del Vietnam, un tema del que no sabía practicamente nada y que, por lo tanto, lo convirtió en una nueva eminencia.
TOM WOLFE, fragmento de En el país de los marxistas rococó, recogido en El periodismo canalla y otros artículos, Ediciones B, 2001, Barcelona, traducción de Mª Eugenia Ciocchini, págs. 167 y 168.