García-Posada sobre Borges

Borges ha hecho mucho daño a la crítica literaria en España. No se puede proclamar, entre ovaciones, que Manuel Machado es el primer poeta español de este siglo; no se puede decir, impunemente, lo que dijo de Lorca y su suerte de ser ejecutado; no se puede descalificar a Gracián con chistecitos líricos; no se puede entronizar a Rafael Cansinos Asséns como un genio con el solo fin de borrar en su nombre a casi todos los demás escritores españoles contemporáneos. Borges desdeñaba a la Celestina, Lope de Vega y Calderón. Veía la literatura española como fruto de la hipérbole o del "realismo chato"; Bécquer le parecía sólo "una réplica débil del primer Heine", pero Jaime Freyre y Lugones, por ser argentinos, eran para él poetas de entidad, no inferiores a Juan Ramón Jiménez y a los Machado. Su desdén por el género novelesco es hijo de su condición dieciochesca del cuento, y carece de fundamento: en nombre de Borges, la mayoría de la gran novela universal es una redundancia que se hubiera resuelto mejor en diez o doce relatos breves. En realidad, Borges estaba ebrio de sí mismo ("La avanzada edad me ha enseñado la resignación de ser Borges") y nutría un curioso resentimiento antiespañol que es común a otros escritores latinoamericanos.

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MIGUEL GARCÍA-POSADA, Cuando el aire no es nuestro, Península, Barcelona, 2001, pág. 164.