Mann sobre Nietzsche

Todo el mundo admitirá que es una extralimitación de la soberbia, una extralimitación héctica, que da testimonio de una razón escapada de las manos; el hecho de que Nietzsche diga que Así habló Zaratustra es una hazaña tal que, comparada con ella, todo el resto de las acciones humanas aparece como algo pobre y condicionado; el hecho de que afirme que un Goethe, un Shakespeare, un Dante no habrían sido capaces de respirar ni un solo instante en las alturas de ese libro, y que el espíritu y la bondad, sumados, de todas las almas no serían capaces de producir un discurso de Zaratustra. Desde luego debe ser un gran placer escribir cosas como ésas. Pero a mí no me parece lícito hacerlo. Por lo demás, acaso lo que yo haga sea tan sólo dar testimonio de mis propias limitaciones si voy más allá y confieso que a mí, en general, la relación de Nietzsche con el Así habló Zaratustra me parece una relación de sobreestimación ciega. Merced a su gesticulación bíblica Así habló Zaratustra se ha convertido en el más «popular» de los libros de Nietzsche; pero no es, ni de lejos, el mejor de ellos.

Nietzsche era ante todo un gran crítico y un gran filósofo de la cultura, un prosista y ensayista de talla europea, procedente de la escuela de Schopenhauer, un prosista y ensayista de alto rango, cuyo genio llegó a su vértice en la época en que escribió Más allá del bien y del mal y La genealogía de la moral. Es posible que un poeta sea algo menor que un crítico de esa categoría.

Pero Nietzsche no logró ser ese algo menor. O lo logró sólo en instantes líricos aislados, pero no en una obra extensa originaria y creativa. Ese trasgo, ese hombre volador, carente de rostro y de figura, que es Zaratustra, con la corona de rosas de la risa encima de su cabeza irreconocible, con su frase «¡Haceos duros!» y sus piernas de bailarín, no es una auténtica creación; es retórica, es excitado juego de palabras, es una voz atormentada y una profecía dudosa, es un fantasma de impotente grandezza, a menudo conmovedor, pero casi siempre penoso; es una figura sin figura, en el límite mismo de lo ridículo.

THOMAS MANN, Shopenhauer, Nietzsche, Freud, Alianza Editorial, Madrid, 2010, traducción de Andrés Sánchez Pascual, págs. 98 y 99.