Nietzsche era ante todo un gran crítico y un gran filósofo de la cultura, un prosista y ensayista de talla europea, procedente de la escuela de Schopenhauer, un prosista y ensayista de alto rango, cuyo genio llegó a su vértice en la época en que escribió Más allá del bien y del mal y La genealogía de la moral. Es posible que un poeta sea algo menor que un crítico de esa categoría.
Pero Nietzsche no logró ser ese algo menor. O lo logró sólo en instantes líricos aislados, pero no en una obra extensa originaria y creativa. Ese trasgo, ese hombre volador, carente de rostro y de figura, que es Zaratustra, con la corona de rosas de la risa encima de su cabeza irreconocible, con su frase «¡Haceos duros!» y sus piernas de bailarín, no es una auténtica creación; es retórica, es excitado juego de palabras, es una voz atormentada y una profecía dudosa, es un fantasma de impotente grandezza, a menudo conmovedor, pero casi siempre penoso; es una figura sin figura, en el límite mismo de lo ridículo.
THOMAS MANN, Shopenhauer, Nietzsche, Freud, Alianza Editorial, Madrid, 2010, traducción de Andrés Sánchez Pascual, págs. 98 y 99.