Onfray sobre Sade

De la misma manera en que existe un fascismo que desborda las categorías de la historia, hay un feudalismo que trasciende los momentos y las épocas en que se encarna. Sade es el filósofo de la feudalidad, de todas las feudalidades: la que le precedió, la de su época y la que se dio después de él. Por tanto, también de las de hoy, sin duda. De ahí el interés de su lectura: para conocer los mecanismos del enemigo no se debe ignorar nada de su funcionamiento. Además, léanse o reléanse ciertas atalayas antifascistas: en 1944, en su Dialéctica de la razón, Horkheimer y Adorno transforman al autor de Los infortunios de la virtud en pensador emblemático de la burguesía, en precursor del «fascismo» y del «ser totalitario»; en febrero de 1951, en Los orígenes del totalitarismo, Hannah Arendt señala la fascinación de los intelectuales de preguerra por las obras del marqués y muestra la importancia de este dato en la formación intelectual de los fascismos europeos; el mismo año, en El hombre rebelde, Camus compara la «república entre alambradas de espinos» del marqués con los campos de la muerte; y después, en 1975, el último Foucault, recuperado de su período estructuralista, el autor de Vigilary castigar por fin desengañado, afirma en una entrevista titulada Sade, sargento del sexo, que Sade «es un encargado de imponer disciplina». En fin... ¿La única originalidad del marqués? Manifestar brutalmente la irrupción del sexo en la filosofía. En eso pertenece al continente de los ultras de las Luces, pero sólo en eso. Sin embargo, víctima de su tiempo, producto de su época y, además, de más de un milenio de judeocristianismo, la obra del marqués de Sade manifiesta en toda su soberbia el retorno de lo reprimido cristiano. En realidad, este erotismo nocturno, esta libido mala, esta carne envilecida, este placer de las secreciones ulcerosas, estos esponsales del sexo y la muerte, este odio perpetuo a la mujer, esta incapacidad de un placer solar, lúdico, alegre, compartido, son puro producto del cristianismo paulino, ejemplo de un cerebro formateado por la neurosis de Pablo de Tarso. Franceses, un esfuerzo más si queréis de verdad la descristianización y la posibilidad de un hedonismo que apueste por la vida y dé la espalda a las gnosis cristianas. La Revolución Francesa da un paso en esta dirección socavando la feudalidad prerrevolucionaria. El triunfo de la burguesía después de Termidor crea nuevas feudalidades, las nuestras. De ahí la actualidad de nuevas Luces, ultras si es posible... MICHEL ONFRAY, Los ultras de las Luces: Contrahistoria de la filosofía, IV, Anagrama, Barcelona, 2010, traducción de Marco Aurelio Galmarini, págs. 291-293