Cuando me llegó el turno, presenté una diatriba de más de cien páginas en que arremetía violentamente contra Los novios, de Manzoni, mediante ingeniosos sofismas. Odiaba esta obra desde que en clase me había tocado durante un año entero analizar literaria y gramaticalmente las mediocres desgracias de Renzo Tramaglino y de Lucía Mondella. Aquella lugareña sin pasión; aquel cura adocenado y ruin; aquel fraile siempre dispuesto a sacarse de la bocamanga del hábito la prédica y la bendición; aquel Anónimo que se las da de terrible y luego se deja conmover por los sollozos de una vulgar retrógrada y humillar por la astuta oratoria de un santo, me fastidiaban y me hacían montar en cólera. No apreciaba cuanto hay de arte puro y grande en muchas páginas de esta obra tan famosa; al contrario: el aura de piedad cristiana que emana de su contenido, la conformidad servil a los designios del Señor, el castigo ejemplar de los pecadores, acompañado del triunfo discreto de los humildes y de los desgraciados, me hacían reaccionar con toda la fogosidad de mi espíritu satánico y carducciano.
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GIOVANNI PAPINI, Un hombre acabado, Argos Vergara, Barcelona, 1980, págs. 55 y 56
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