Paseyro sobre Paz

Hay tantas buenas artes poéticas como buenos poetas hay. Si toda buena poesía postula la existencia de un número ilimitado de buenas artes poéticas, la poesía es una unidad ontológica regida por sus propias leyes internas. Se debe pedir satisfacción a los que, como el mejicano Octavio Paz, ponen en circulación la poesía de imitación.

Cincuenta años de esfuerzos para convertirse en un lugar común merecen recompensa; Paz la ha tenido. Una altiva cohorte de devotos –rica en reyes y presidentes– trabaja para conseguirle el Nobel. ¿Por qué no? Excepto Juan Ramón Jiménez, los poetas de lengua española ungidos en Estocolmo son abominables. Eco de todas las voces y galardonado con todos los premios, Paz despliega la panoplia completa de la poesía de imitación: mostremos las instrucciones de uso.

El vagabundeo anecdótico de tema en tema lo banaliza todo: Paz será sucesivamente, si no al mismo tiempo, folclórico, cósmico, hispanófobo, hispanófilo, surrealista mundano, escatófilo, erotizante, kitsch, moderno, izquierdista, liberal, reaccionario, “pensador” hinduista, versificador a la japonesa, instaurador de puentes entre el Kamasutra y el ocultismo azteca. Turista literario, salpica de idiotismos –color local obliga– sus palimpsestos de piel de camaleón. Tituladas “Madurai” y amontonadas en estado bruto, así: “En el bar del British Club/ –sin ingleses, soft drink–/ Nuestra ciudad es santa y cuenta/ Me decía, apurando su naranjada,/ Con el templo más grande de la India/ (Minakshi, diosa canela)”, etc., sus tonterías “hinduizantes” son tarjetas postales para niños. El exótico “Concierto en el jardín (Vina y Mridangam)” no contiene ni música ni poesía, pero propone un catálogo de preguntas y respuestas disparatadas: “Si digo: cuerpo, contesta: viento./ Si digo: tierra, contesta, ¿dónde?”, etc. El más famoso bolero mejicano de los años cuarenta-cincuenta se lamentaba, también él: “Cuando te pregunto: ¿cuándo, cómo, dónde?/ Tú me respondes: tal vez”. Kitsch, lo mismo que el “Eje” de Paz: “Por el arcaduz de sangre/ Mi cuerpo en tu cuerpo./ […] Por el arcaduz de sol/ Mi noche en tu noche”, etc. El autor se entrega a otro “Vaivén”: “Entro por tus ojos/ Sales por mi boca”, y, en su “Movimiento”, anuncia una cascada de avatares: “Si tú eres la yegua de ámbar/ yo soy el camino de sangre”, “Si tú eres la boca de agua [o de musgo]/ yo soy la boca de musgo [o de agua]. Ad libitum.

Martingalas reiteradas hasta la saciedad, esas avalanchas de seudo-imágenes con términos permutables no competen a la poética: la poesía no es una lotería de palabras sacadas al azar. Barroca o mística, culta o popular, antigua o de hoy mismo, toda buena poesía es palabra exacta: “[…] concentración en el objeto o sujeto […], exactitud en lo que es descrito o personificado” (Juan Ramón Jiménez); “exactitud alucinada” (Jules Supervielle). La poesía exige un lenguaje preciso; la idea poética se fija con palabras imposibles de reemplazar o de invertir. Sin rigor, no hay pensamiento claro ni expresión justa; ahora bien, constantemente, el citado autor, añade el pleonasmo a la contradicción: “indecisas masas enanas”. Enanas, las masas no son indecisas; y, de todos modos, “indecisas” sería superfluo: “masas” ya incluye la noción.

Los haikus de este autor son, también ellos, superfluos, y engañosos desde el mismo título. El haiku, japonés, no consiste en distribuir, en tres líneas, versos de cinco, siete y cinco sílabas; comporta una correspondencia con los ideogramas, su caligrafía, las estaciones, etc. Ningún idioma ajeno podría expresar semejante relación. Cuando él llama “haiku” a una asociación de sonidos y signos puramente japoneses que él, no japonés, se jacta de inventar, el poeta de imitación obedece a su naturaleza: al no ser lo que no puede, quiere parecer lo que no es. Veamos dos, entre los incontables “haikus” (y tankas) del autor en cuestión: “La ropa limpia/ tendida entre las piedras./ Mírala y calla./ En el islote chillan/ monos de culo rojo”; y: “Blanco el palacio/ blanco en el lago negro./ Lingam y yoni”.

Estas moneditas las acuña en cadena el más insignificante falsificador de moneda, tan viciados están ahora los haikus genuinos.

RICARDO PASEYRO, fragmento de Octavio Paz, el camaleón (junio de 1981), incluido en Poesía, poetas y antipoetas, Siruela, Madrid, 2009, págs. 115-117.