Pérez-Reverte sobre Umbral (2)

Uno se hace cargo. Comprendo que debe de ser muy duro ganarse la vida haciendo magníficos artículos de folio y medio cuando lo que a uno le gustaría es ser novelista, y vender muchos libros, y aparecer en las listas de más vendidos. Uno comprende que debe criar muy mala sangre encontrarse en posesión de una prosa excelente, a veces perfecta, y sin embargo no ser reconocido como novelista de pata negra; que por alguna extraña razón, es lo que a la larga da prestigio y da pasta. Es lógico que cuando Francisco Umbral califica de "angloaburridos" a novelistas "de asunto" y luego va a firmar a la Feria del Libro y se encuentra que Javier Marías está firmando con una cola de cincuenta señoras encantadas y otros tantos caballeros -lo de las señoras es lo que más mortifica-, y el propio Umbral sólo tiene seis que pasaban por allí, eso genera muy mala leche. Como que su antiguo protegido Juan Manuel de Prada, que sí tiene buen estilo y además cosas que contar, haya escrito Las máscaras del héroe, que es tal vez la mejor novela española de los últimos veinte años, y también la novela exacta que Francisco Umbral siempre quiso escribir, y nunca pudo, o supo. O que a su edad uno tenga que hacerse fotos en pelotas para promocionar un libro sobre el viagra, y encima no se coma una rosca. O que esa reciente novela suya medio social y medio policíaca, descomunal, inmensa, extraordinaria, imperecedera según el coro de palmeros finos patroneado por Miguel García-Posada y sus cacheteros, cuyo título -lo juro por mi madre- no consigo recordar en este momento, y que iba a acabar con todas las novelas publicadas y por publicar, haya pasado, como puede atestiguar cualquier librero español -fuera de España nadie sabe quién es Francisco Umbral- por las librerías, incluidas las más selectas, sin pena ni gloria. Como todas las demás.

Uno comprende todo eso, porque tal y como están las cosas, los botines blancos de Valle Inclán, y la sombra de Ramón, y el bastón de Borges no bastan para saciar a quienes, además de maestros de periodistas, ambicionan ser considerados, también, maestros de novelistas. Ahí es donde duele, y lo siento; porque la verdad es que aquí cabemos todos, y es el lector -que está lejos de ser el imbécil que Francisco Umbral supone- quien al final decide. Pero ocurre que una novela es algo muy serio y complejo, que exige largo trabajo, estructura, esfuerzo y humildad profesional, y no se solventa con un bello estilo, dos frivolidades y cuatro asuntos expoliados a otros entre dos columnas en la prensa, una fiesta social y la presentación de un libro escrito y jaleado por los amiguetes de la Sociedad de Bombos Mutuos. Y por cierto, ya que tocamos lo del expolio, Francisco Umbral confiesa que mis novelas, como las de muchos otros, le parecen aburridas. A mí, sin embargo, las novelas de Francisco Umbral me parecen divertidísimas, pues paso muy buenos ratos subrayando en ellas párrafos y asuntos ajenos, de los que tal vez, si me anima, y en este estilo tosco que me caracteriza, podríamos hablar despacio otro día. Maestro.

ARTURO PÉREZ-REVERTE, Sobre Borges y gilipollas, El Cultural, 9 de mayo de 1999. Todo el artículo AQUÍ.