Quevedo sobre Góngora (2)

EPITAFIO AL MESMO

Este que, en negra tumba, rodeado

de luces, yace muerto y condenado,

vendió el alma y el cuerpo por dinero,

y aun muerto es garitero;

y allí donde le veis, está sin muelas,

pidiendo que le saquen de las velas.

Ordenado de quínolas estaba,

pues desde prima a nona las rezaba;

sacerdote de Venus y de Baco,

caca en los versos y en garito Caco.

La sotana traía

por sota, más que no por clerecía.

Hombre en quien la limpieza fue tan poca

(no tocando a su cepa),

que nunca, que yo sepa,

se le cayó la mierda de la boca.

Éste a la jerigonza quitó el nombre,

pues después que escribió cíclopemente,

la llama jerigóngora la gente.

Clérigo, al fin, de devoción tan brava,

que, en lugar de rezar, brujuleaba;

tan hecho al tablarejo el mentecato,

que hasta su salvación metió a barato.

Vivió en la ley del juego,

y murió en la del naipe, loco y ciego;

y porque su talento conociesen,

en lugar de mandar que se dijesen

por él misas rezadas,

mandó que le dijesen las trocadas.

Y si estuviera en penas, imagino,

de su tahúr infame desatino,

si se lo preguntaran,

que deseara más que le sacaran,

cargado de tizones y cadenas,

del naipe, que de penas.

Fuese con Satanás, culto y pelado:

¡Mirad si Satanás es desdichado!

FRANCISCO DE QUEVEDO, Obra poética III (Parte I), Biblioteca clásica Castalia, Madrid, 2001, pág. 247
.