Varios sobre Lorca

Pocos meses más tarde, al fin, se publicó la primera edición completa de El Público, de Lorca, después de años de esperas y dilaciones. El texto, anticipado con cuentagotas tiempo atrás, no defraudaba; por el contrario, excedía todas las expectativas por su grandeza, audacia y profundidad. En veinte años se ha convertido en un clásico del teatro europeo, a la altura de los mejores logros de Beckett, Ionesco o Adamov. Que habiendo escrito esta obra, que yo creo que se halla terminada, no incompleta, como se ha venido diciendo, y el Llanto y Poeta en Nueva York haya quien discuta todavía el talento y la capacidad poética de Lorca, revela que la estupidez humana no encuentra freno ni obstáculo que la detenga. Hace años en Lisboa comí con un editor y crítico portugués, quienes se desataron furiosamente contra Pessoa con saña y rencor verdaderamente dignos de mejores causas. Citaban con mucho entusiasmo a un poeta de la tierra, que era el verdadero poeta portugués de este siglo. A Lorca hace años que lleva pasándole algo similar en España. Hay gente a la que le molesta, gente de la literatura, quiero decir. El asunto es viejo, pero sorprende la nómina, más o menos explícita, del antilorquismo militante. En la siniestra estela de Borges (“fue un andaluz profesional, que tuvo la suerte de que lo fusilaran”), han zaherido o infravalorado su figura y obra gentes como Carlos Barral, los hermanos Goytisolo, Luis Martín-Santos, Josep Maria Castellet, Gabriel Ferrater y Juan Luis Panero, entre otros. O les molesta el andalucismo, que no entienden, o les molesta la gloria, que, al parecer, les perjudica a ellos. La gloria de un asesinado, un hombre de treinta y ocho años, que será en todo caso la gloria de otros, no la de él, que se despidió del mundo en medio de un inmenso horror. La metonimia que designa a la obra por el escritor es uno de los grandes fraudes del lenguaje.

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MIGUEL GARCÍA-POSADA, Cuando el aire no es nuestro. Memorias II, Península, Barcelona, 2001, págs. 136 y 137