Cioran sobre Rilke

Las cartas de Rilke, que tanto aprecié hace tiempo, qué exangües e insulsas me parecen hoy. No se hace la menor alusión en ellas al lado mezquino de la pobreza. Escritas para la posteridad, su “nobleza” me exaspera. Ángeles y pobres son en ellas vecinos. ¿No hay acaso cierto descaro o una ingenuidad calculada en hablar largamente de ello en las dirigidas a duquesas? Jugar al espíritu puro raya en la indecencia. Yo, que no creo en los ángeles de Rilke, creo menos aún en sus pobres. Demasiado “distinguidos”, carecen de cinismo, la sal de la miseria. Por el contrario, las cartas de un Baudelaire o de un Dostoievski –cartas de pedigüeños– me conmueven por su tono suplicante, desesperado, anhelante. Se siente que si hablan de dinero es porque no pueden ganarlo, porque han nacido pobres y lo serán siempre, suceda lo que suceda. La pobreza les es consustancial. Apenas aspiran al éxito, pues saben que no podrían obtenerlo.

EMILE CIORAN, Ensayo sobre el pensamiento reaccionario y otros textos, Montesinos, Barcelona, 1985, pág. 151, traducción de Rafael Panizo.