Los rasgos envenenados de Proust, la cirugía que practicó con sus contemporáneos, no se traslucen en sus cartas obsequiosas, en su avidez de ganarse la simpatía de los mundanos; verdugo con las palabras, se vengó en su obra de su asiduidad en los salones.
Grandes sentimientos, almas bellas, impulsos puros: si los veis atiborrar un libro, sabed que su insipidez es el precio que paga el autor por haber malgastado toda su crueldad en sus relaciones con los demás.
EMILE CIORAN, Ejercicios negativos, Taurus, Madrid, 2007, págs. 171 y 172, traducción de Alicia Martorell.