Llegué ayer tarde. El de hoy ha sido el primer día de mi cura de soledad de esta presunta reordenación de mi vida. No ha sido precisamente un día extraordinario: me he levantado entrada la mañana, he leído al sol, almorzado frugalmente, leído en el balcón, paseado con el perro (el polígono de los paseos dominicales del invierno). Leído de nuevo al atardecer hasta que vino Juan a empapelar el baño, lo que creó una pausa de casi una hora. Tras una cena fría y rápida he vuelto a la mesa, he leído de nuevo (siempre ese novelón de Cortázar) y hecho sin mucha convicción una lectura de correcciones de Metropolitano. Durante el día, como anoche, he garabateado algunas cuartillas, sin divertirme demasiado.
Tanto ese pelma de Cortázar (no debía haber traído ese libro) como el perro, cuyas necesidades no he acabado de ubicar en mi proyecto, en mi perezosa distribución del tiempo, me han impedido esfuerzos de concentración notables.
*En la nota a pie de página dice: "El libro que lee es Rayuela que no le interesa nada"
CARLOS BARRAL, Los diarios / 1957-1989, Anaya & Mario Muchnik, 1993, Madrid, pág. 119