No me gusta Ovidio, este proscrito cobarde, éste que besa las manos ensangrentadas, este perro yaciente en el exilio, este adulador lejano y desdeñado por el tirano, y odio el bello ingenio de que hace gala Ovidio, pero no confundo este bello ingenio con la poderosa antítesis de Shakespeare.
VICTOR HUGO, Manifiesto romántico: Escritos de batalla, Ediciones Península, Barcelona, 2002, traducción de Jaume Melendres, pág. 116